SUFISMO EN EL MAGREB
CONSIDERACIONES GENERALES
Se suele identificar con frecuencia "sufismo" con heterodoxia en el Islam. En el mejor de los casos, se traduce el término por el de "mística musulmana". En ambos extremos queda delatado el intento por hacer comprensible el tema a mentalidades ajenas a la cultura islámica, intento que lamentablemente deforma los contenidos y esencia misma de un "arte" o "ciencia" que se define, a sí mismo, en el interior de coordenadas que habitualmente escapan a la comprensión de los occidentales porque responden a mecanismos propios de un mundo distinto, el mundo del Islam.
En primer lugar, se impone una aclaración: el término "sufismo" (Tasawwuf) técnicamente hablando, da nombre tan sólo a un carácter del hombre que se inicia en un determinado modo de conocer o sentir la Realidad Trascendente. Así lo encontramos en los textos más antiguos en los que, por ejemplo, se discute sobre la diferencia y mayor grado del Tasawwuf o el Faqr. Ser sufi o faqir son dos momentos distintos en el progreso espiritual. Tasawwuf sería el de mayor sutilidad (de Safá o pureza) y también el de mayor grandeza espiritual de Suf, lana, el manto de los sultanes).
Sólo con el tiempo, o tal vez ya en los inicios de los que se cuenta que la lana era el tejido preferido por los sufis, el término Tasawwuf pasó a designar la práctica y conocimientos de aquellos que habían creado un lenguaje común para expresar la profundidad de la experiencia espiritual en el Islam. Se trata, fundamentalmente, de un lenguaje y una terminología universalizados que agrupan una multitud de experiencias distintas y "métodos" (Tariqas) múltiples y extremadamente ricos en diversidad.
La oposición sufismo-ortodoxia surge al confundir los dominios en los que trabajan el sufismo y el fiqh, éste último inmediatamente homologado como expresión de lo ortodoxo en el Islam. Tal oposición no ha existido, al menos hasta hoy, en la mentalidad de los musulmanes. Cuando se afirma que al-Gazzali consiguió "legitimizar" el Tasawwuf dentro del Islam, se está juzgando una intención que tal vez nunca existió. Lo que sí está claro es que al-Gazzali entendía que la espiritualidad era un bien común de los musulmanes, y no dudaba en calificar de sufis (awliyá) precisamente a los fundadores de las corrientes de fiqh. Esto, que parece tan contradictorio, es una clave determinante para comprender la verdadera dimensión del tema, ya que la actitud de al-Gazzali no es un hecho aislado sino una opinión compartida por la inmensa mayoría de los musulmanes. No existe oposición entre Dáhir y Bátin, entre los aspectos exterior e interior del Islam, sino absoluta complementariedad, siendo uno soporte y base del otro en la concepción radicalmente unitaria del Islam.
Y el sufismo no es mística precisamente debido a su perspectiva plural y diverso. Son más sus diferencias con cualquier mística, que sus puntos de encuentro. Se autodefine como saber que resulta de una indagación rigurosa en las formas del Islam, indagación de la que resulta una práctica intensa pero no conforme con reglas preestablecidas: son las tradiciones las que darán forma a las Tariqas o vías sufis. El método nace de la iluminación que alcanza el maestro y se funda en la Báraka que transmite.
Ese lenguaje común al que denominamos sufismo fue el resultado de un largo proceso. Las escuelas de Kalam lo prefiguraron: fueron la islamización progresiva de corrientes de pensamiento anteriores. En cierta forma, el sufismo es una síntesis final que supone la integración del Kalam en una tendencia unificada. Queremos decir con esto que el "pensamiento" musulmán no acaba paradigmáticamente en Averroes, sino que se consolida y toma forma en Ibn al-'Arabi.
Al estudiar la evolución del sufismo en el Magreb es fácil caer en otra tentación, la de identificarlo con Islam rural presuponiendo la existencia de un Islam urbano distinto. Muchos especialistas, al usar el término genérico de "marabutismo", insisten en esta dicotomía. Incluso la "espiritualidad" de las ciudades es subdividida entre reminiscencias rurales y tendencias aristocráticas (el repetido ejemplo de la Tiÿanía como Táriqa propia de notables, lo cual no es cierto). En cualquier caso, prima la tendencia que sitúa al sufismo en la actualidad casi como actividad propia y exclusiva de una vida tradicionalista arraigada en las zonas y mentalidades rurales. Serían una excepción los casos de "intelectuales" sufis, es decir, el sufismo urbano.
En cierto modo, la opinión anterior tiene una justificación. El colonialismo irrumpió en el mundo musulmán no sólo con sus armas, sino también con una "atractiva" mentalidad positivista que cautivó a ciertas élites que previamente, había formado en sus instituciones escolares. El complejo de inferioridad que supuso el verse vencidos por los europeos produjo distintas reacciones. El entreguismo absoluto, la claudicación ante sus valores culturales y por tanto, la aculturación, la reacción con carácter absoluto ante todo lo que representaba occidente, y también reflexiones más sosegadas y medidas. De todas, la aculturación es la que tomó formas más diversas, muchas no han sido analizadas todavía con el interés que merecen.
Una de esas formas, de futuro insospechado y contornos y matices confusos, es el salafismo (Salafia). El salafismo se define como intento por volver a los verdaderos valores del Islam y que fueron sostenidos por la primera generación de musulmanes (el Sálaf Sálih). Se considera implícitamente que el posterior desarrollo del Islam supuso una "desviación" a corregir. En definitiva, el salafismo es la aplicación de un método "científico" al Islam, que lo desembaraza de adherencias de las que se abomina, una de las cuales es el sufismo, sobre todo, en su versión llamada marabutismo. Esta buena intención no es más que el reflejo de esa mentalidad acomplejada que busca acomodarse a un mundo al que no tiene otro acceso. Precisamente, los supuestos valores del Sálaf Sálih son los mismos, o aproximados, a los valores culturales de occidente (amor al saber, negación de supersticiones, rechazo a toda mitología, etc). La decadencia del Islam se explica como consecuencia de haber asimilado, a través del marabutismo, de unas prácticas contrarias al Islam y que son los opuestos a las aspiraciones de los salafies. El salafismo se presenta a sí mismo como necesaria renovación depuradora que encuentra su enemigo en el tradicionalismo de las escuelas sufies.
Todas estas confusiones fueron creadas por la inteligencia colonizadora, que desde su arrogancia quería enseñar el Islam a los musulmanes, catalogando a los sufis como herejes, oscurantistas, negadores en definitiva de la evolución que podría conducir al Islam a las cotas que había alcanzado occidente. De paso se olvidaban de decir que eran los que con mayor tenacidad se habían opuesto a la penetración colonial. Las élites musulmanas que occidente educó en sus colegios aprendieron esta versión del Islam, y cuando quisieron combatir al colonialismo se encontraron con graves prejuicios hacia sus compatriotas sufis.
‘Allal al-Fasi, ideólogo nacionalista sálafi, creador del partido del Istiqlal, padre teórico del Estado marroquí, alabado como intelectual que abría el país hacia el mundo moderno, sin tener una actitud agresiva, sembró el germen del desprecio a las prácticas sufis, a las que consideraba, en sus expresiones extremas, como antiislámicas. Junto a él, el resto de los intelectuales nacionalistas, llenos sin duda de buenas intenciones, tanto marroquíes como argelinos, mantenían posturas parecidas. Ben Badis, por ejemplo, en Argelia, defensor de la arabización contra el afrancesamiento, gran 'alim que educó a toda una generación que luego combatiría en la Revolución, dedicó fuertes críticas dirigidas al Shayj Sidi Ahmad al-'Alawi al que nunca comprendió.