El
Islam ante el futuro
Abderramán
Mohamed Maanán
La actualidad crítica y desafiante del Islam, parece imposibilitar cualquier intento de hacer balance o valoración que arroje luz sobre sus auténticos problemas, planteamientos y perspectivas de futuro. El mundo musulmán, diverso e inestable, vive momentos conflictivos de transición y cambios acelerados, a veces vertiginosos, que hacen pretencioso y aventurado todo cálculo o previsión. Hay una dificultad añadida: los debates entorno al tema son demasiado apasionados y, generalmente, partidistas, lo cual no facilita una tarea que sólo puede arriesgar líneas muy vagas y generales.
Hoy
más que nunca el Islam es invocado por millones de musulmanes para legitimar
actuaciones, satisfacer necesidades, sostener luchas, fundamentar aspiraciones,
alimentar esperanzas, perpetuar tradiciones y costumbres y afirmar identidades
personales y colectivas frente a las fuerzas de uniformización de la civilización
industrial. El Islam se ha convertido en una bandera que primero se enarboló en
todos los países musulmanes, desde Indonesia hasta el Magreb, contra el
Colonialismo, y ese fenómeno que convirtió al Islam en factor aglutinante y le
permitió ofrecer una resistencia enconada a la dominación occidental, no ha
acabado con la consecución de las independencias políticas, más aparentes
que reales.
El
mundo musulmán aún tiene muchas asignaturas pendientes en su historia
presente, muchos traumas que superar, el Islam vuelve a convertirse en el
estandarte capaz de movilizar a pueblos enteros que recurren a él para dar
rienda suelta a sus anhelos y sus desencantos. Y todo ello en medio de grandes
contradicciones, carencias. tensiones y equívocos que analizaremos más
adelante.
No
se trata, ni mucho menos, de un fenómeno nuevo, sino que sus dimensiones
sobrepasan las fronteras y se nos presentan como una cuestión que nos implica a
todos en esta aldea global de las nuevas
Los
musulmanes están oponiendo sus propios recursos a la lucha contra el
subdesarrollo y las nuevas formas de dominación, pero en la actualidad sólo
pueden hacerlo en medio de graves contradicciones con origen en circunstancias
muy distintas. Y el futuro del Islam depende de la solución que se dé a esos
conflictos en los que quiere intervenir Occidente como árbitro que decide lo
justo y conveniente.
El
Islam como vinculante e impulsor de resistencias es una constante en la
historia de sus pueblos, todas las luchas habidas en el Islam han buscado
fundamentarse en él, incluso cabría decir que eran intentos por adecuarse a
sus enseñanzas en el deseo de hacer realidad intuiciones e ideales que fluyen
por sus propósitos más básicos. Como todo historiador sabe, el igualitarismo
musulmán ha sido siempre el detonante de la lucha contra cualquier imposición
o centralismo. La aspiración a la independencia es un valor extraordinariamente
arraigado en la conciencia musulmana que no ha dejado de tener consecuencias
y que hoy se manifiesta con una fuerza arrolladora y dramática.
Ben
Bella, el primer presidente que tuvo la Argelia independiente. lo expresó en
una conferencia del Consejo Islámico (Génova, 10,11 y 12 de marzo de 1985), en
la que se refirió al estímulo que empujaba a los argelinos a luchar
desesperadamente contra los franceses, aun afrontando la probabilidad de una
reacción genocida, dijo del Islam: En
ese terreno fecundo hunden sus anclas nuestras motivaciones profundas,
nuestras latencias. Es nuestro santuario. Cuando debemos realizar un gesto
capital, un esfuerzo supremo, cuando el muro de nuestras certezas se desmorona
y
los golpes llueven sobre nosotros y nuestro ser profundo es amenazado,
entonces nos volvemos a ese santuario en el que buscarnos refugio y retornamos
aliento para poder seguir con fuerza nuestro combate.
Es
importante destacar que el Islam no es una cuestión estrictamente personal:
es un factor vertebrador esencial que pertenece a un mundo de premisas sobre el
que se asienta la actuación de seres humanos y de pueblos enteros. No es que el
Islam sea indiscutible sino que en él hay elementos que escapan a la
posibilidad de toda discusión desde el momento en que forman incluso el
lenguaje mismo de los musulmanes. En este sentido, el pensador tunecino Moncef
Chelli ha desentrañado la clave de algunos de esos procesos en los que se
descubre que, por un motivo u otro, el Islam es conformador de una relación con
el entorno y con uno mismo que va más allá de lo opcional. El Islam ha
creado el universo en el que viven los musulmanes, y no es sólo un espacio
concreto. A diferencia de la religión, que tiene su parcela aun cuando pretende
impregnarlo todo, el Islam vincula consigo su espacio convirtiéndose en un
referente vital sin el que no es posible un verdadero protagonismo. El Islam es
el reino del musulmán, el lugar en el que puede ser libre y creativo, y fuera
de él pierde por completo el sentido de sí mismo. Igual le ocurre al
occidental con Occidente: lo lleva consigo a todas partes, no puede deshacerse
de sus seguridades y latencias más elementales, puede cuestionarse muchas
cosas. pero no todo porque quedaría desnudo de personalidad. En este sentido,
el Islam es homologable a algo que trasciende la religión, como elección
personal, y la cultura como hecho formal y
mudable, es la raíz de un modo de ser persona, de una manera de situarse
en el mundo.
En
el musulmán hay algo atávico que lo hace inasimilable y esto es lo que más
alarma de él. El problema de la integración de los inmigrantes, por ejemplo,
radica en parte en que el musulmán es incomprendido en su esencia, incluso
cuando se le pretende ayudar, salvando, por supuesto, las excepciones, se
tropieza con un muro, es el mundo infranqueable de sus sentimientos más
profundos que difícilmente podrá expresar él mismo porque pertenecen a sus
mecanismos más íntimos de supervivencia donde no llega ni él mismo. No hay
nada más destructor para su personalidad que la asimilación: necesita su
propio espacio en el que reconocerse y desde donde afrontar sus nuevas
situaciones y evitar fracasos mutilantes. No se trata de un encuentro campechano
con sus compatriotas sino de la necesidad de seguridades íntimas que
reconstruyan la confianza en sí mismo en un ambiente en el que no reconoce
muchas cosas por la distancia infinita entre sus propios valores y percepciones
y los de un mundo que no puede compartir fácilmente.
El
Islam no predica la resignación, la imagen del musulmán fatalista es
producto de un orientalismo que descubrió un universo derrotado por la supremacía
técnica y organizativa de un Occidente agresivo y expansionista. El conformismo
del musulmán siempre es momentáneo, es un repliegue prudente que espera el
momento propicio para reiniciar la lucha por la autoafirmación. Porque lo que sí
enseña el Islam es el Yihâd, el esfuerzo sabio por establecer la dignidad e
independencia de los musulmanes; el Yihâd no es la guerra santa de la que nos
hablan los manuales divulgativos sobre el Islam, el Yihâd es mucho más, es una
idea-fuerza precisamente opuesta a la resignación o al conformismo y es el
fundamento mismo del Islam. En esos manuales que nos explican lo que es el
Islam, se citan sus famosos cinco pilares. pues bien. el Yihâd es el cimiento
sobre el que asientan. cada musulmán construye el edificio de su sentido de la trascendencia
y de su espiritualidad que no excluye la realidad inmediata sino
que la integra en su experiencia sin hacer distinciones entre lo profano y lo
sagrado y el conjunto de los musulmanes suman sus experiencias para configurar
su mundo islámico.
El
Yihâd, mecanismo de resistencia activa y de autoafirmación del Islam, ha sido
siempre alarmante por efectivo. Los musulmanes respondían espontáneamente
contra cualquier agresión sin ningún tipo de organización previa: siguiendo
mecanismos incontrolables, algo urgía y aunaba a la gente contra toda pretensión
de dominio sobre sus comunidades, según las circunstancias adquiría distintas
formas. Se ha pretendido desacreditar al Yihâd para anularlo o hacerlo
inofensivo pero está demasiado arraigado en las conciencias. La imaginería
occidental interpreta el Yihâd como algo sanguinario y bárbaro, el germen de
actuales terrorismo, y se ha recurrido a comparaciones: frente a la caridad
cristiana encontramos la violencia que se predica entre los musulmanes. Pero lo
mismo que la caridad no ha evitado que surja la violencia en el occidente
cristiano, en el Islam los extremismos no son imposibles. El Yihâd del que
estamos hablando es un espíritu que alienta a los musulmanes y que los hace incólumes
a toda absorción por parte de otros, a toda anulación. La palabra significa
literalmente esfuerzo: el Yihâd se
describe como la tendencia a hacer mejor y más fructíferas las cosas, cada uno
tiene su Yihâd, su combatividad se desencadena, incluso en el ámbito de su
cotidianidad y de sus experiencias, y su fuerza está en el rigor con el que
los musulmanes lo han aplicado.
Tenemos
una imagen deformada del Islam, hay un Islam que no existe y que es, sin
embargo, con el que el Occidente pretende mantener un diálogo, o bien lo
combate y quiere dominarlo y controlarlo. Es el Islam forjado por orientalistas
o arabistas a finales del siglo pasado y comienzos del presente; Edward Said
estudió la génesis de esa imagen en una magnífica obra titulada
Orientalismo. Occidente se acercó al Islam bien pertrechada de anteojeras que
le impedían matizar perfiles y distinguir valores: necesitaba un Islam
concreto que justificara la colonización y lo fue fabricando paulatinamente.
Los prejuicios no eran nuevos, simplemente se fueron demostrando de manera
sistemática y aparentemente convincente: los estereotipos que se habían ido
acumulando encontraban su correspondencia con lo que el occidental creía ver en
el mundo musulmán pero, en realidad, éste era invisible para él, sólo
contemplaba un hueco pasivo en el que cabían todas sus fantasías, así se
construyó el musulmán redimible. El Islam está demasiado cerca como para
ser analizado con perspectiva y objetividad.
El
Islam fue reducido y confinado a unos límites excesivos: fue descrito como
religión, cuando en realidad es un conjunto infinito de ideas-fuerzas, de
intuiciones, interacciones y mecanismos mentales y
espirituales
vertebradores de todo el universo musulmán y su cultura posterior. E1 Islam es
difícil de aprehender, es fundamentalmente una forma de ser y de relacionarse
con el entorno que funciona más en los niveles del subconsciente y, a la vez,
es enormemente creativo e inquieto. El principio del Yihâd que moviliza a los
musulmanes, no es el producto de una enseñanza o doctrina formal sino el
resultado de una práctica enraizada en un modo de organización social y
cultural determinado y basada, a su vez, en toda una cosmovisión donde prima el
sentido de la Unidad. El Tawhid, la interpretación unitaria de la existencia,
no es susceptible de ser considerada un dogma ni es equiparable simplemente al
monoteísmo: no es la mera afirmación de un dios, sino un modo de ver y de
relacionarse en el que prima una aspiración, el de la reunificación de todo
en su misma fuente creadora.
La
meta del Tawhid es el Califato, la soberanía. El Corán describe al ser humano
como califa, el califa es el uno-único, el hombre singular frente a su Señor
Uno, único y Singular; hacer reales estos extremos es la aspiración de todas
las enseñanzas del Islam. Las prácticas del Islam persiguen hundir al musulmán
en una soledad espiritual que le abra las puertas de lo eterno y con esa
experiencia rehacer el mundo, fabricar su entorno y conquistar su propia
realidad.
El
Islam es acción: sus directrices describen actos que, al ser llevados a cabo,
engendran realidades a distintos niveles. El punto de partida es
extraordinariamente sencillo. El Corán va dirigido al ser humano en tanto que
cada uno es una criatura única y singular que busca a su Señor único v
singular. Según nuestro Profeta. Allah ha dicho: No me abarcan ni los cielos ni leí tierra, pero me abarca el corazón del
hombre que se me confía. Es así como una de las enseñanzas básicas
del Islam afirma la inmensidad del mundo interior del ser humano. capaz de
abarcar lo eterno. y así lo demanda. Allah es el correlato de esa inquietud que
no tiene límites y es una respuesta liberadora: la inmensidad a la que el Islam
asoma al musulmán, lo lleva a trascender todas las contingencias. Allah es
sembrado en el corazón de cada musulmán en un universo en el que no hay
fisuras: todo lo demás es secundario, a esto se le llama el Califato
del ser humano, su soberanía y protagonismo en su aventura
existencial. Sentido de la Unidad y Califato son los términos de un binomio
sobre el que se alza el Islam como civilización y cultura, de esta combinación
surge el musulmán como alguien que se ha emancipado de la confusión idolátrica
y se auto afirma en su Señor interior que lo gobierna y rige en cada momento y
del que él es la traducción y la imagen en el universo material, de ahí su
necesidad de ser creativo, independiente y protagonista a semejanza de la
verdad que le hace ser y a la que sirve de reflejo.
Todo
lo anterior no es dado al musulmán como doctrina en la que creer o en la que
aferrarse, sino como resultado de una práctica rigurosa y a la vez sensata
del Islam. Bastan unos pocos indicios para desencadenar el proceso que conduce a
la realización de esos ideales, y son los que el Corán proporciona, pocos
musulmanes lo saben, pero lo hacen. El Islam no se comunica como sistema filosófico
o teológico, sino como un conjunto intrincado de interacciones estimulantes
que van dando forma al ideal de califa.
Existe
una insinuación básica que consiste en la afirmación coránica de la unidad
y la unicidad de quien ha creado todas las cosas, de la Verdad que las hace ser,
las mantiene y las aniquila en sí, todo ello expresado en una fórmula que
asegura que no
hay más realidad absoluta que Allah. En el fondo, quiere decir que
nuestro ser sólo está en manos de Aquél del que nos viene, así como nuestro
sentido y destino, el de cada criatura y el del universo entero, todo lo demás
es una fugaz quimera. Ahora bien, el Tawhid no pretende ser una simple declaración
sino el detonante de una decisión. y se describe entonces como una senda que
sigue el musulmán para comprender lo que significa exactamente esa enseñanza
básica: es necesario verificarla intelectualmente y el Islam va guiando la
razón hasta una extenuación que se convierte en un fenómeno transformante; y
esa reflexión se ve reforzada y estimulada por acciones concretas que tienen la
virtud de sembrar sus consecuencias en lo más profundo e íntimo del ser. Lo
Absoluto, Allah, es un reto lanzado al carácter abismal del espíritu humano y
ese desafío reclama la confluencia de todos los aspectos de la personalidad; en
lugar de intentar colmarlo, al musulmán se le exige aceptar el reto que le
lanza su propio ser, y por ello el Islam ofrece como horizonte la profundidad
sin fondo de todo lo que puede ser imaginado e intuido en Un constante acto de
desidolatrización. En lugar de detener ese proceso en algún momento de su
peregrinación y de sus descubrimientos, el Islam invita al musulmán a aceptar
la radicalidad de su propia exigencia espiritual que nunca se sacia
definitivamente
con nada, así es como progresa Allah Uno y hacia su propia singularidad.
Lo
anterior evidencia algo trascendental para su actuación en la vida: que Allah
es más grande que todo, es decir, lo verdaderamente importante y decisivo está
más allá de todas las pretensiones humanas. Y esta certeza se convierte en
un grito de guerra que los musulmanes han opuesto a todas las usurpaciones: el
poder está en manos de Allah, en manos del que crea cada realidad y sólo es
posible un consenso universal entorno a Él y entorno a lo que Él ha revelado,
nada más que Allah vincula a los hombres entre sí. He aquí el germen de la
rebeldía ante cualquier forma de dominación.
Aunque
nos pueda parecer extraño, todo lo dicho acerca del Tawhid y el Califato es un
breve resumen de la primera parte de una obra escrita por una mujer, la egipcia
Hiba Rauf 'Izzat, en la que analiza la presencia de las musulmanas en la acción
política, justificándola en esas premisas e intuiciones configuradoras de la
personalidad y el comportamiento de los musulmanes y su visión de las cosas. El
libro se titula Al-Mar'a wa l-'Amal as-Siyasí y es un intento de fundamentar
en el Islam y sus enseñanzas un hecho común aunque desconocido en Occidente,
el de la participación masiva de la mujer en el activismo islámico de estas décadas.
Se trata de algo que no se quiere ver o casi se oculta porque enturbiaría la
imagen que ya tenemos concluida sobre la musulmana como criatura relegada a un
segundo plano, pero es un hecho real y fácilmente constatable su protagonismo
en acontecimientos muy significativos y de primer orden en los últimos
tiempos. El mismo espíritu que alienta en el hombre, habita en la mujer
musulmana.
No
obstante, Occidente redefinió el Islam en términos paralelos a los de su
propia cultura, inventó un Islam que no existe objetivamente, y en ello
radican muchos de los malentendidos e incomprensiones que hacen del Islam un
mundo extraño que es juzgado con el recurso a categorías casi siempre
negativas: es un universo atrasado, fanático y oscurantista, y el integrismo
del que se habla hoy no es sino el corolario lógico de estas características
definitorias del Islam. Efectivamente, desde la óptica orientalista el Islam
es, comparándolo con el modelo occidental, del todo insuficiente y carente de
elementos esenciales para su evolución hacia el ideal indiscutido de las fórmulas
de civilización encarnadas por Occidente. El Islam es presentado sencillamente
como lo opuesto en todo o casi todo a los valores representados por su
configuración en Europa.
El
Islam seguirá siendo desconocido mientras nos conformemos con la imagen que
tenemos de él; es necesario saber de qué Islam hablamos cuando nos planteamos
sus perspectivas de futuro. A finales del siglo pasado se redactaron
diccionarios, se escribió la historia del Islam, de su pensamiento, de su
literatura, de sus instituciones y costumbres, de sus escuelas y tendencias, y
se cerró prácticamente esa labor, realizada casi siempre por filólogos y no
por historiadores o expertos en las diversas materias. A partir de este corpus
incuestionable se desarrollarán todas las investigaciones posteriores que sólo
harán algunas matizaciones puntuales y secundarias. El arabista con
aspiraciones enciclopédicas, pretendía ofrecer una imagen total del mundo al
que se asomaba con todos sus prejuicios y valores, sin hacer gala casi nunca de
ningún espíritu crítico, sin cuestionarse sus métodos, seguro de poseer la
verdad suficiente con la que cuestionaba todo: frente a un mundo va definido
como atrasado, no hacían falta muchas herramientas. Y aquella imagen elaborada
ha seguido siendo la cantera sobre la que se ha analizado y se ha pensado, y con
ella en mente se ha intentado tender puentes hacia el Islam, no es que no haya
habido aportaciones posteriores importantes o significativas sino que éstas han
sido pocas y de poco calado e incapaces de poner en jaque la imagen precedente v
sus consecuencias deformantes.
Pero
esto no ha sido lo peor. E1 triunfo del colonialismo supuso en buena medida la
desarticulación del mundo musulmán, se ha hablado mucho de los efectos políticos,
económicos y sociales del colonialismo pero poco o nada de sus consecuencias
desequilibradoras para la personalidad cultural del Islam. E1 colonialismo barrió
el sistema tradicional de comunicación de conocimientos y privilegió de tal
modo su saber que lo institucionalizó. Generaciones enteras de musulmanes han
sido educadas por docentes occidentales que crearon una elite intelectual
llamada después a altas funciones en las sociedades coloniales y
post-coloniales. Los intelectuales musulmanes actuales, al menos en su mayoría
y, desde luego, los más representativos y conocidos, son herederos de esas
elites y, desarraigados y ajenos al Islam anterior, se han convertido en
divulgadores de esa imagen en el seno mismo de las sociedades musulmanas.
Ese
Islam reformulado crea situaciones originales: aparece, por ejemplo, la figura
del ateo o el agnóstico. En un contexto confuso en el que se entremezclan
valores tradicionales, interpretaciones exógenas, motivaciones personales y
poses intelectuales, no se sabe bien a estas alturas si se trata del rechazo al
Dios cristiano o al coránico. Pero evidentemente, el ateísmo más o menos académico
introduce un elemento para la reflexión dentro del Islam al que no estamos
acostumbrados
y ante el que se está desarmado; por ahora, la respuesta que se da al ateísmo,
y eso es sintomático, se recoge de fuentes cristianas. Los musulmanes rebaten
a los ateos con argumentos calcados de teólogos y pensadores occidentales, es
decir, la discusión se sitúa por ambas partes en un marco exterior al Islam.
¿Se trata de un seudo-problema que no ha sido diagnosticado
convenientemente? El carácter circunstancial del ateísmo en el Islam es
constatado por su retroceso con el progresivo descrédito del marxismo tras la
caída del muro de Berlín y, sobre todo, los medios universitarios, en los que
podría ser signo de distinción, se han decantado en la actualidad por la
militancia islamista activa. Sin mayores planteamientos, el ateísmo aparece y
desaparece como fenómeno que no consigue ninguna estabilidad teórica o práctica,
incluso regímenes hostiles al Islam como el pan arabista Baaz de Iraq, se ven
forzados a concesiones ante la fuerza del Islam emergente y su credibilidad ante
el pueblo. En Turquía crece la tensión ante la cerrazón de un Estado que
quiere mantener a toda consta el calificativo de laico con la única intención
de ser aceptado en el club europeo aunque ello hace más que incierto el
futuro próximo del país.
Frente
al Islam de los Estados, el Islam convertido en doctrina oficial que se
divulga con medios y métodos modernos y que tiene aspiraciones de convertirse
en instrumento de dominio y control, pervive el Islam tradicional y arrinconado
entre los desfavorecidos, es decir, el de los que no tuvieron acceso a los
privilegios que repartía el colonialismo, un Islam de barrios y aldeas,
cuantitativamente más numeroso pero alejado de los circuitos que difunden el
pensamiento a gran escala. Pero no es éste un Islam pobre ni mediocre, al
contrario, a lo largo de este siglo es, quizá, el que ha producido obras de
mayor envergadura intelectual, pero su desinterés por el mundo moderno y los
derroteros que sigue 1a historia y la sociedad lo anquilosa en la marginación.
Se trata fundamentalmente del Islam de los sufíes y las hermandades místicas,
vigoroso y profundo, continuador de los mejores maestros de la espiritualidad clásica.
El
sufismo ha sido durante siglos un factor de cohesión en medios rurales con
organización tribal, pero ha ido perdiendo importancia con la urbanización
forzada por el colonialismo para reducir su efectividad en campo abierto. Este
Islam tradicional ha sido incapaz o no ha querido adecuar su discurso a los
nuevos tiempos y pervive por el respeto que inspira, incluso gana adeptos
entre catedráticos e intelectuales que quieren rescatarlo del ostracismo. Es
difícil predecir su futuro en las circunstancias actuales porque hay problemas
acuciantes para las que el sufismo no tiene respuestas, sin embargo, su altura
intelectual podría devolver al Islam la serenidad necesaria. En cualquier caso.
existen excepciones notables a esta regla como Abdesalam Yasin en Marruecos, de
extracción sufí que, sin embargo, ha liderado una de las resistencias más
heroicas contra el régimen de Hasán II. Fue finalmente encarcelado y debido a
su avanzada edad pasa sus últimos días bajo arresto domiciliario en Rabat. No
obstante, sus seguidores continúan activos y reivindican el acceso al poder de
un Islam tolerante y abierto capaz de desmantelar la corrupción y los desmanes
de una administración inmoral y dirigir el país hacia la justicia social.
Los
movimientos islámicos son otra cosa. Desde las independencias todas las
propuestas occidentalizantes han fracasado: desde el marxismo con formas árabes,
incluso islámicas, el liberalismo económico, las monarquías parlamentarias,
los nacionalismos, la adopción de modas occidentales...
Todo ha ido demostrando
su ineficacia para solucionar los problemas reales del mundo musulmán, o bien
los han agravado y han degenerado siempre en dictaduras que en todos los casos
han necesitado del apoyo del ejército y la represión para perpetuarse. El
Islam oficial con el que diversos Estados han querido maquillarse en momentos
puntuales, no ha convencido a nadie y ante el caos, el Islam vinculante ha
reunido entorno a él en especial a los jóvenes con una formación media alta.
Con el nombre de integrismo se pretende meter en un mismo saco un mosaico
infinito de movimientos de todas las tendencias, desde las más moderadas a
las más radicales, su punto en común es la exigencia de una justicia basada en
el consenso que supone el Islam. El problema en la actualidad es que sólo los más
radicales encuentran interlocutores, ya sea en las dictaduras que gobiernan los
distintos pueblos, ya sea en la intransigencia occidental, incapaz de asumir el
Islam como un derecho natural de los musulmanes. Por supuesto el diálogo es
imposible y las posiciones se agudizan.
Los
movimientos islámicos que arrancan del creado en Egipto en los años cuarenta
por un maestro de escuela, Hasán al-Banna, fundador de los Hermanos
Musulmanes, han sabido elaborar un discurso sencillo, claro y directo, capaz de
expresar aspiraciones comunes.
También
han sabido aprovechar las facilidades que los medios modernos proporcionan a
la divulgación de las ideas y han sabido llegar a todas partes: libros. prensa.
casetes, vídeos... todo es puesto al servicio del Islam combativo de los
movimientos islámicos. Su facilidad para contactar con el pueblo los convirtió
pronto en una amenaza para los estados surgidos de la descolonización y han
sufrido graves represiones que siempre han superado para adoptar nuevas formas
en la clandestinidad o en la legalidad, según las circunstancias. Su dinamismo
es espectacular y la experiencia enseña que en situaciones de normalidad son
capaces de convencer a la mayoría.
Se
trata de un Islam de trincheras, como lo definió en su momento el Shayj Sidi
Ahmad al-'Alawi, uno de los máximos representantes de la espiritualidad sufí
de este siglo. Este maestro publicó un significativo artículo en el que
lamentaba el cambio tan brusco que se estaba produciendo en la forma de vivir el
Islam; nos dice que en menos de una generación, el universo que él había
conocido cuando era joven se desmoronaba ante la necesidad de cambio que la
colonización introdujo en su país, Argelia. Ese Islam espontáneo que no
necesitaba definirse porque se vivía como algo natural y que los niños
aprendían en contacto con su entorno, y no en lecciones organizadas, producía
un tipo humano que el maestro sufí reconocía como el único musulmán
realmente posible, pero se esfumaba ante el imperativo de tener que defender al
Islam frente al desastre. En las ciudades comenzó a reunirse la gente para
discutir sobre el carácter imprescindible de esa lucha por el Islam en todos
los frentes, incluso en el teórico, por lo que se hacía necesario una
reformulación que lo hiciera comprensible para las nuevas generaciones que eran
educadas por los franceses y que ya no entendían el lenguaje de sus mayores,
pero todo ello implicaba, según el Shayj, una adulteración en la que se perdían
hechos fundamentales.
Con
ello el Islam sufría una mutación importante: empezaba a convertirse en una
ideología, se daba una versión del Islam por la que había que optar y que
crearía fisuras en el seno de la comunidad. La actitud del maestro sufí sería
la de replegarse y volver a su mundo derrotado y marginado por los franceses,
que luego también lo sería por el Estado argelino y los futuros musulmanes que
no podrán comprender ni su actitud ni sus motivaciones v que verán en él la
confirmación del fanatismo e inoperancia del Islam. Atrás queda su obra.
llena de autenticidad y nervio, una de las más interesantes producidas por el
Islam de este siglo. Puede ser que algún día vuelva a ser rescatada del
olvido y los herederos de aquellos doscientos mil discípulos que llegó a tener
en vida, reaparezcan para insuflar de nuevo el hálito de la belleza en el Islam
que ahora margina para poder sobrevivir en condiciones adversas. Para que ello
sea posible son necesarios otros despertares, una situación en la que la obra
de un maestro de la altura del Shayj al-'Alawi tenga sentido y proyección.
Por
eso no puede hacerse una crítica generalizada de los movimientos islamistas,
cada uno de ellos es un mundo y tiene un proyecto distinto para el futuro, son,
en cualquier caso, una esperanza a tener en cuenta: la esperanza de que el Islam
retome las riendas de su propio destino y vuelva a hacer posible genialidades
que, en cualquier caso, ya están surgiendo en otros niveles.
De
todas maneras, el Islam combativo de estos movimientos es visto como una
amenaza. Los analistas occidentales quieren ver en estos procesos el resultado
de coyunturas económicas y culturales y, por tanto, se trataría de fenómenos
transitorios. En este sentido aconsejan tomar medidas que al solucionar las
causas del descontento y devolver las aguas a su cauce, harían desaparecer la
amenaza del "integrismo". Pero olvidan algo esencial, y es que el
Islam es una constante que no depende exclusivamente de factores que lo
estimulen;
la insatisfacción que está en la raíz de la agitación que vive el mundo
musulmán, está estrechamente ligada a la falta de coherencia consigo mismo. No
demanda solamente la satisfacción de unas necesidades inmediatas, sino la
solución de graves problemas de identidad.
El
discurso árabe contemporáneo ha sido incapaz de llenar ese vacío. Creado en
época colonial como estrategia para dividir al Imperio Otomano, el nacionalismo
árabe adolecía de una artificialidad que no pudo superar. Fadi Ismail, en
al- Arabi al-Mu'âsir, explica cómo esa artificialidad condujo a un elitismo
excluyente que ha creado problemas inexistentes hasta el momento de las
independencias, como el surgimiento de otros nacionalismos que han entrado en
competencia con el árabe, desgarrando inútilmente la unidad de un mundo
cohesionado hasta entonces por el Islam.
Sin
embargo, han cambiado muchas cosas en poco tiempo, la fisonomía de las
ciudades, de la gente, todo ello se ha visto alterado en los últimos años.
Pasear por cualquier ciudad musulmana revela cómo el Islam se va abriendo paso
aun en las situaciones más angustiosas y represivas; abundan los hombres con
barba, las mujeres con velo, se construyen mezquitas por todas partes y en todas
ellas alguien está comunicando un Islam rebelde, igualitario, reivindicativo;
en las librerías de cualquier medina casi solo se encuentran libros de
temática
islámica: mucha es la oferta y la demanda en sociedades donde escasean los
recursos materiales y la alfabetización. El proceso de reislamización es
profundo y acelerado, y prácticamente espontáneo; en este sentido, si bien la
labor de los movimientos islámicos es importante, también es secundaria. Se
respira un ambiente favorable al Islam, un saludable retorno a las raíces donde
se retoma el aliento, y los islamistas son los primeros sorprendidos ante el
miedo injustificado que producen, lo que causa seguramente cierta satisfacción.
Ante este mundo revuelto, agitado, tremendamente dinámico y vitalista, hay grandes retos: ¿está capacitado el Islam, en general, para dar respuesta satisfactoria a todos ellos? Otro de los grandes mitos falsificadores es el del supuesto inmovilismo del Islam, nos encontramos con un problema: el de la Shari'a, la Ley Coránica que algunos quieren ver restaurada pero que produce pánico a otros. Se nos da el ejemplo de Arabia Saudí o Irán y se nos repite que es un código medieval en el que prima el ojo por ojo y del que la mujer es su principal víctima, y al ser una Ley sagrada es intocable. ¿Cómo salvar este escollo? De nuevo nos encontramos con juicios que nada tienen que ver con la realidad, la Shari'a consiste principalmente en enunciados generales cuyos propósitos son interpretables por los musulmanes y adaptables sin demasiadas reticencias a imperativos de sociedades modernas y democráticas. Es cierto que hay movimientos y tendencias que preferirían algunas de las interpretaciones de siglos pasados, las más restrictivas y drásticas, por simple pereza intelectual o fidelidad a algún maestro concreto, pero ello no quiere decir ni mucho menos que sea la única postura o la única posibilidad. Es verdad que son los que más ruido hacen, pero también es a lo que más oídos se presta porque permite sensacionalismos que alimentan esa imagen negativa que se tiene del Islam.
Aun así prevalece el sentido común
y es muy difícil encontrar entre los musulmanes a quien mantenga que la mujer
no pueda salir de casa, recibir instrucción o tenga que sufrir alguna mutilación,
especialmente cuando dichas restricciones contravendrían directrices
establecidas claramente por el Profeta Muhammad (s.a.s.). Existen criterios legítimos en el
Islam, perfectamente desarrollados por los ulemas, que permiten la actualización
de la Shari'a sin que por ello se tenga que seguir ningún modelo cultural
distinto al suyo mi s mismo. Y se está haciendo. Sólo falta la cordura
necesaria que haga resaltar esos trabajos y los destaque por encima de
radicalismos infundados que se parapetan en la intransigencia con el ánimo de
salvar una identidad amenazada.
La
Shari'a puede ser fácilmente un valor positivo, desde luego es un marco que
aporta seguridades a los musulmanes y, por tanto, es una reivindicación justa,
pero también puede ser detonante de reflexiones enriquecedoras y experiencias
aprovechables.
Las
ciencias islámicas están conociendo en la actualidad un auge extraordinario,
su divulgación permite aportaciones que posibilitan un debate serio que será
fecundo con la maduración de las ideas; sobre todo, este debate quiere hacerse
con independencia, con confianza en las propias capacidades, sin servilismos,
enfrentándose a las propias contradicciones. Aun en condiciones adversas, el
Islam está dando muestras de recuperación de la creatividad que le caracterizó
en tiempos pasados; si las circunstancias no truncan ese desarrollo, sus
frutos pronto podrán ser saboreados y serán el augurio de un renacimiento
verdadero.
En
el mundo musulmán -mezquitas, universidades, debates y coloquios se está
gestando su futuro, especialmente las mezquitas, construidas casi todas ellas
por suscripción popular, están recuperando su valor tradicional de espacios de
encuentro e intercambio, se imita en lo posible el modelo ideal de la mezquita
del Profeta (s.a.s.) en Medina.
Desde
el Islam como hecho vinculador y socializador se están buscando soluciones y
se hacen proyectos. Al margen del Estado. y muchas veces contra el Estado, se
intenta desarrollar una vida que saque del caos y la desesperación del presente
a buena parte de la humanidad.
E1
Islam tiene garantizada su continuidad en cada musulmán, de forma desordenada
caótica incluso, los musulmanes crean comunidades por todo el mundo con el
fin de mantener vivo su Islam, la no existencia de jerarquías ni instituciones
favorece su expansión espontánea, descentralizada, que depende exclusivamente
de su voluntad de conservar sus señas de identidad porque, en realidad, el
Islam es extremadamente sencillo: no necesita de accesorios, reside de forma
natural allá donde haya un musulmán, y hay más de mil trescientos millones
pertenecientes a etnias diversas, a culturas diferentes, con experiencias históricas
propias e idiosincrasia particular.
He
querido señalar en este trabajo sólo algunas líneas generales de la situación
del mundo islámico de modo global: cada cuestión de las mencionadas tiene su
plasmación propia en cada país, inclusive en cada región. La imagen del Islam
como un todo monolítico choca con la realidad de cientos de pueblos que,
compartiendo cosas esenciales, han sabido desarrollarlas a su manera, según su
propio genio y sus limitaciones.
trabajo de Abderramán Mohamed Maanán
realizado para Musulmanes Andaluces
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