CUIDADO
CON EL SUFISMO
El sufismo es peligroso, profundo, quebrador, vertiginoso. Ésta era una
advertencia amistosa que siempre se hacía al que mostraba deseos de iniciarse
en un arte para el que había que estar muy preparado. En muchos casos, en la
actualidad el sufismo no es peligroso ni arriesgado: es una tontería. También
siempre se ha dicho que encontrar a un maestro sufí era muy difícil. Un
maestro era el azufre rojo y el elixir, la piedra filosofal con la que el
aspirante convertía su corazón en oro. Topar con uno era una bendición poco
frecuente. En la actualidad, parece que los maestros abundan más que los discípulos.
Todo esto es síntoma de una degeneración en la que tiene mucho que ver el
‘contacto’ entre el Islam y Occidente.
En el mundo musulmán había un tesoro extraordinario, el sufismo (y
afortunadamente todavía lo hay, y sigue existiendo con una vitalidad
bulliciosa). Pero, ahora, ese tesoro también está expuesto en las estanterías
de los supermercados. Para que algo tan delicado pudiera ser trasformado en
mercancía barata había que distorsionarlo totalmente. La vinculación del
sufismo al Islam -que es lo que le da envergadura- ha sido suavizada hasta
extremos en que incluso se les ve como antagónicos. El rigor del sufismo ha
sido tan diluido que con frecuencia parece que es suficiente leer un poema de
Rumi para ser un consumado experto en las honduras de una espiritualidad
milenaria.
La gazmoñería y la frivolidad con la que muchos occidentales se asoman
desvergonzadamente al sufismo están perjudicándolo de modo grave. Cualquiera
por aquí es sufí y además maestro si ha leído a Asín Palacios, a Corbin o a
Idris Shah, o, peor aún, si tiene ‘intuiciones’ o está ‘iluminado’ y
disfruta de una gracia especial. En el mundo musulmán, en el que el sentido de
la trascendencia está tan arraigado y donde las ciencias del corazón son un
patrimonio sólido y poderoso, la afectación de los que se pretenden sufíes en
estos tiempos no hace sino fomentar un rechazo en el que las cosas pueden acabar
confundiéndose.
El sufismo (el tasáwwuf) es lo contrario de lo que
muchos piensan. En primer lugar, el sufismo es el Islam, es la profundización
en él. El sufismo no es anterior al Islam, ni es una ‘herejía’ del Islam,
ni es la aportación de los ‘persas’ a la civilización rudimentaria de los
árabes, ni nada parecido... Los prejuicios contra el Islam han alimentado esos
despropósitos que carecen de toda base y rigor. Presentar el sufismo como algo
desligable del Islam, o algo por encima del Islam, es engañar, es buscar una
clientela fácil entre quienes se apuntan a cursillos de espiritualidad y no
quieren -por nada del mundo- nada complicado ni comprometido. Hay que huir como
de la peste de quienes ‘venden’ un sufismo ajeno al Islam porque son
buscavidas descarados que ofrecen ‘gangas’ a gusto del consumidor.
En segundo lugar, el sufismo no es ‘esoterismo’, ni ‘ocultismo’,
ni ningún morbo de esa clase. No es una ‘secta secreta’, ni es la
‘masonería’ del Islam, ni es el patrimonio de una ‘élite espiritual’.
El sufismo es mucho más serio, infinitamente más serio y de raíces más en la
tierra. Para quienes se acercan imbuidos con esas ideas estrafalarias a auténticos
sufíes se sienten descorazonados por la naturalidad con la que los sufíes son
‘gentes normales’ en un entorno en el que se les tiene -por lo general- en
gran consideración, porque se les entiende, y en el que ellos están
perfectamente integrados. Por supuesto, el sufismo tiene una sabiduría para la
que se requiere una capacidad y una delicadeza especiales, como todo lo que es
profundo, valioso y fruto de aspiraciones poderosas, pero nada tiene que ver eso
con los remedos de disidencias místicas que se dan en Occidente.
Además, en Occidente, la gente tiende a ‘realizarse espiritualmente’
escuchando sermones, discursos y conferencias. Esto es nocivo porque da cancha a
los que tienen labia. El sufismo no es ‘sentarse a escuchar a un maestro y
quedarse embobado’. El embobamiento no cambia nada en el corazón del que
escucha. El sufismo es Yihâd, es lucha interior y exterior, es esfuerzo
continuado sobre una senda exigente. El sufismo es emprender una peregrinación
en la que nadie ni nada te sustituyen. Lo dijo Ibn ‘Arabi: “Salí del país
de al-Andalus en dirección hacia Jerusalem. Hice del Islam mi cabalgadura, del
combate mi reposo y de la confianza en Allah mi provisión...”. Las
palabras de los maestros, si no son estímulos sino divagaciones, no sirven de
nada más que para su prestigio personal. Por eso es más importante y adecuada
la exposición del Método (la Tarîqa) que la de la Esencia
(Haqîqa), sin embargo la gente en Occidente prefiere y le resulta
más goloso que se le hable de la Esencia y se especule sobre lo que es
incomprensible si no se ha realizado antes el Camino que prepara el corazón
para el Entendimiento (Fahm).
El sufismo no es una terapia, ni es un conjunto de ejercicios de
respiración o relajación o meditación, ni es danzas exóticas y cánticos
agradables, ni es sesión de cuentos, ni recitación de poemas, ni comunicación
secreta de saberes herméticos, ni es la iniciación a un grupo elitista. El
sufismo es vivir el Islam con nobleza e intensidad hasta la sabiduría y hasta
la paz absoluta. Es la emoción del musulmán en el Islam. Es su Tradición en
la que cada gesto encuentra una significación abismal. El sufismo es
reconciliación con la vida y con el Creador de la vida, y es subordinación
total al Señor de la vida, fluyendo en paz con su Voluntad hacedora de cada
instante, es entregarse a Allah sin amaneramientos ni bobaliconería. Lo que
mana de esa relación es la Belleza que embriaga a los enamorados de Allah y de
su Mensajero.
Para
ser sufí hay que ser ‘severamente’ musulmán. E incluso entonces la palabra
‘sufí’ debe emplearse con precaución. Por mucho rigor en la práctica del
Islam y de la sinceridad en él aún se está lejos de alcanzar ese grado de
profundidad en el que es lícito llamarse a uno mismo sufí. Por siempre se será
un murîd, un aspirante, y un faqîr, un pobre vacío,
y eso no es malo: es porque la meta es grande y porque el desafío es real, y es
porque el ser humano es ser humano ante su Señor Uno y Único.
Quien
sigue la senda de la que hemos hablado puede que alguna vez en su vida se
encuentre con un maestro, con un sháij, alguien que se apodere de él y lo
arrastre hasta Allah y lo sumerja y ahogue en ese Océano de Luz. Enhorabuena a
quien sea bendecido de ese modo. Allah guía a los sinceros y a los
perseverantes.
Hemos dicho a la cabeza de este artículo que el sufismo es peligroso y
arriesgado. Nos referíamos a su carácter profundo, al enigma que está en su
centro, al torbellino que desata en quien se lo toma en serio y quiere alcanzar
sus últimas consecuencias. Se trata de un peligro hermoso, un riesgo que se
asume en la contemplación de la Belleza,... es el vértigo ante lo Absoluto.
Pero también es peligroso en un sentido negativo y que podemos reconocer fácilmente.
Al descontextualizar el sufismo -como suele hacerse en Occidente- se tiende a la
creación de grupos ‘exóticos’ o marginales, y también sectas. Es muy fácil
convertir a un maestro sufí en un gurú. Es muy fácil convertir una vía sufí
en un negocio particular enajenador de mentes. Es tan fácil que casi es
inevitable.
Por
ello es recomendable -hasta cierto grado- huir del sufismo en Occidente: no hay
controles. Hay que tener cuidado. Es preferible limitarse a ser musulmanes
sinceros y avanzar en la nobleza y en la excelencia (el Ihsân),
y eso ya es sufismo, pues se ha dicho que el mayor y mejor prodigio es la
rectitud, que el mayor y mejor rango espiritual es el Islam. Quien se fuerza y
se violenta a sí mismo, encuentra a un timador; quien se relaja, es guiado por
Allah. Lo que es aconsejable en el mundo musulmán -buscar a un maestro-, en
Occidente puede llevarnos por mal camino. No se trata de un consejo absoluto
porque no hay que ser desconfiado, pero sí es necesario estar despierto. En
cualquier caso, siempre se debe tener la Sharî‘a como criterio sólido al que
acudir.
En una sociedad musulmana todo está en su sitio, todo el mundo sabe de qué va la cosa y ningún estafador perdura. Es por ello por lo que proliferan los ‘maestros sufíes’ en Occidente y en proporción tal vez sean más numerosos que en el mundo musulmán, y eso es muy sintomático. Un maestro sufí, un sháij, es algo tremendo: es alguien al que se le hacen muchas exigencias, pero en Occidente no hay ninguna. Cualquiera que recite un poema de Rumi o diga cosas extravagantes se presenta a sí mismo como ‘reencarnación’ de Ibn ‘Arabi (discúlpesenos la ironía). Esa falta de vergüenza, en el mundo musulmán, sería patética...