LA AGRICULTURA EN AL-ANDALUS
Precisamente
en la Península Ibérica, patria del famoso agrónomo Columela de Cádiz, que
vivió en la primera mitad del siglo I de nuestra era y fue coetáneo de Séneca,
surgió y se desarrolló una extraordinaria literatura geopónica en lengua árabe,
cuya trayectoria se puede seguir ininterrumpidamente desde el siglo XI hasta el
XIV.
Herederos
de los hispano-romanos y visigodos, los habitantes de al-Andalus sintieron también
vivamente un gran amor por la naturaleza, las huertas y jardines. Conservaron
los sistemas de riego de la época preislámica y los mejoraron. No solamente
desarrollaron nuevas técnicas de cultivo en las vegas de Granada, Murcia y
Valencia, sino también en Córdoba, Toledo, Sevilla y hasta Almería. Fueron
estas ciudades los focos principales donde surgió esta literatura agrícola, la
mayoría de cuyos autores fueron médicos. Su interés por la agricultura estaba
marcado por la preocupación en conocer las aplicaciones médicas y dietéticas
de los llamados «simples».
En Córdoba
destacó el famoso médico Abû-l-Qasim az-Zahrawi, que murió hacia el año
1009, el Albucasis de los traductores latinos de la Edad Media. Compuso un «Compendio
de Agricultura» (Mujtasar kitab al-fialaha).
En Toledo
sobresale Ibn Wafid (1008-1074), el Abengüefith de los farmacólogos medievales. Compuso varias obras de
medicina, entre ellas el «Libro de los medicamentos simples». Se hizo famosa
en toda Europa gracias a la traducción resumida de Gerardo de Cremona: Liber
Abenguefith Philosophi de virtutibus medicinarum et ciborum. Fue traducida
completamente al castellano y al catalán.
Ibn Wafid
estuvo al servicio del rey al-Ma'mûn de Toledo (1037-1075) y para él creó un
jardín botánico o «Huerta del Rey» (Yannat as-Sultan), que se extendía
por la Vega del Tajo, entre el Palacio de Galiana y el Puente de Alcántara. Fue
en este siglo XI, cuando aparecieron en al-Andalus los primeros «Reales
Jardines Botánicos», casi quinientos años antes que en la Europa
renacentista.
Entre
otras obras, Ibn Wafid escribió una «Suma o compendio de Agricultura», cuya
versión castellana de la Edad Media descubrió e identificó Millás Vallicrosa
en el manuscrito fragmentario de la Biblioteca Nacional de Madrid, procedente
del antiguo fondo de la Biblioteca de la Catedral de Toledo. La obra agronómica
de Ibn Wafid inspiró uno de los más famosos tratados de agricultura del
Renacimiento: la Agricultura General de Gabriel Alonso de Herrera,
editada en 1513 por encargo del Cardenal Cisneros. Emilio García Gómez adquirió
en Tánger un folleto árabe con fragmentos de varios tratados de agricultura y
en 1945 pudo constatar que la traducción castellana de Ibn Wafid, descubierta e
identificada por Millás, correspondía a uno de los tratados contenidos en
dicho folleto. Actualmente, Bachir Attié ha identificado al autor de este
tratado como Abü-I-Qasim 'Abbas al-Nahrawi.
Contemporáneo
de Ibn Wafid fue Ibn Bassal, al servicio también de al-Ma'mûn de Toledo. Hizo
la peregrinación (Haÿÿ) a Oriente pasando por Sicilia y Egipto. Compuso una
extensa obra de agricultura (Diwan al-filaha) y que resumió después en
un solo volumen de dieciséis capítulos con el título de Kitab al-qasd wa-l-bayan
( «Libro del propósito y de la demostración» ).
A
diferencia de otros autores geopónicos que recurrieron a los autores clásicos,
Ibn Bassal parece basarse en experiencias personales y, se puede considerar como
el tratado de agricultura más original y objetivo de todos los especialistas
andalusíes.
Cuando
Alfonso VI conquistó Toledo en 1085, Ibn Bassal emigró a Sevilla y se puso al
servicio del rey al-Mu'tamid (1069- 1090), para el que creó una «Huerta del
Rey». En Sevilla en- contró al médico toledano Ibn al-Lunquh o Ibn al-Luengo
(muerto en 1105), discípulo de Ibn Wafid y al sevillano Ibn al-Haÿÿaÿ. Este
último compuso el tratado de agricultura llamado al-Muqni' ( «El
suficiente» ) en 1073 y sigue fundamentalmente a los autores clásicos, sobre
todo a Yûniyus, desechando los consejos de agricultores ignorantes. También
llevó a cabo experiencias personales en el Aljarafe sevillano.
A esta
escuela hispalense pertenecieron también Abû-l-Jayr y el autor anónimo de la ‘Umdat
at-tabib fi ma’rifat fi kull labib. Asín Palacios estudió en 1943
esta importante obra en su Glosario de voces romances registradas por un botánico
anónimo andalusí de los siglos XI-XII. Según él, fue este autor anónimo
«quien ideó, sin precedentes hasta hoy conocidos, el sistema de clasificación
de las plantas que más se acerca al moderno». Es muy superior a cualquier
diccionario de botánica, árabe o europeo, de la Edad Media, incluido el famoso
«Tratado de los Simples» de Ibn al-Baytar .
Define y
clasifica las plantas con gran precisión y seguridad, no sólo las indígenas
sino también las exóticas, procedentes del Medio Oriente y hasta del Extremo
Oriente, muchas de las cuales fueron conocidas en Europa después del
descubrimiento de las Indias Orientales. Asín Palacios ha subrayado también la
importancia de esta obra desde el punto de vista toponímico y lingüístico: la
'Umda del Anónimo sevillano es esencial para conocer el estado de las
lenguas romances de la Península Ibérica en el siglo XI.
En Granada
destaco at-Tignari, llamado así por haber nacido en Tignar, entre Albolote y
Maracena, en la Vega de Granada. Sirvió primero al último rey Zirí de
Granada, el emir 'Abd Allah (1073-1090). Compuso un tratado de agricultura
titulado Zahr al-bustan wa-nuzhat al-adhan ( «Flor del jardín y recreo
de las inteligencias» )o Se lo dedicó a Tamim, hijo del sultán almorávide Yûsuf
ibn Tashufin, cuando fue gobernador de Granada {1107-1118). Está dividido en
doce artículos o maqâlas y 360 capitulos.
El
principal tratado de agricultura fue escrito a finales del siglo XII o
principios del XIII por el sevillano Ibn al-'Awwam. Su Kitâb al-filaha al-nabatiyya
( «Libro de la agricultura nabatea» ) es una voluminosa obra dividida en
treinta y cinco capítulos. La obra de Ibn al-'Awwam no constituye solamente el
tratado agrícola más importante que en este género dio la literatura árabe,
sino que es también la obra geopónica de más alto relieve de toda la Edad
Media. Es célebre en Europa porque fue el primer tratado árabe de agricultura
editado y traducido al español por José Antonio Banqueri (Madrid, 1802) en dos
volúmenes.
Finalmente
cabe citar a Ibn Luyûn de Almería (1282-1349). Compuso un Kitâb al-filaha o
«Libro de la agricultura» en verso y le dio el título de Kitâb ibda' al-malâha
wa-inhâ' ar-rayâha fi usûl sinâ'at al-filâha (Libro del principio de la
belleza y fin de la sabiduría que trata de los fundamentos del arte de la
agricultura). Este tratado ha sido editado y traducido por Joaquina Eguaras
{Granada, 1975). Ibn Luyûn se basa principalmente en Ibn Bassal y at-Tignari,
aunque no faltan las observaciones recogidas directamente de los entendidos en
la materia.
No hay que
olvidar que otros autores famosos de al-Andalus se preocuparon también por la
Botánica y la Agricultura como Avempace (Ibn Baÿÿa, 1138), Avenzoar (Ibn Zuhr,
1131), Averroes (Ibn Rushd, 1198), el geógrafo al-Bakri (1094) o el oftalmólogo al-Gafiqi
(1166).
Todos
estos tratados de agricultura constituyen auténticas enciclopedias de economía
rural. Aunque lo esencial es la agronomía, no faltan los capítulos dedicados a
la zootecnia, veterinaria, administración y gestión de las fincas, selección
y contratación de obreros agrícolas, conservación de los productos
cosechados, agrimensura, calendario agrícola estacional, etc. También estos
autores andalusíes introdujeron importantes capítulos dedicados al cultivo de
plantas nuevas: arroz, caña de azúcar, palmera, algodón, lino, albaricoque,
berenjena, azafrán, etc.
No es
necesario, pues, subrayar la importancia que tuvo la Agricultura en al-Andalus.
Basta con recoger este precioso pasaje de Ibn 'Abdûn de Sevilla:
«El príncipe debe prescribir que se dé el mayor impulso a la agricultura, la cual debe ser alentada, así como los labradores han de ser tratados con benevolencia y protegidos en sus labores. También es preciso que el rey ordene a sus visires y a los personajes poderosos de su capital que tengan explotaciones agrícolas personales; cosa que será del mayor provecho para unos y otros, pues así aumentarán sus fortunas; el pueblo tendrá mayores facilidades para aprovisionarse y no pasar hambre; el país será más próspero y más barato, y su defensa estará mejor organizada y dispondrá de mayores sumas. La agricultura es la base de la civilización, y de ella depende la vida entera y sus principales ventajas. Por los cereales se pierden existencias y riquezas, y por ellos cambian de dueño las ciudades y los hombres. Cuando no se producen, se vienen abajo las fortunas y se rebaja toda organización social».