Yenín. Un
monstruoso crimen de guerra que Israel ha intentado ocultar durante dos semanas
ha sido por fin puesto al descubierto. Sus tropas han arrasado el centro del
campo de refugiados de Yenín, adonde llegó ayer el diario The Independent y
donde miles de personas están todavía viviendo entre las ruinas.
Un área residencial de unos 130.000 metros cuadrados, de
aproximadamente 800 m de ancho, ha sido completamente demolida. Las excavadoras
han amontonado escombros en pilas de hasta 10 metros de altura. El aire está
impregnado del olor empalagoso y horrendo de la putrefacción de cadáveres,
prueba de que estamos en una tumba humana. Los habitantes que pasaron varios días
escondidos en sótanos --apretujados unos contra otros mientras explotaban las
bombas-- dicen que hay cientos de cadáveres enterrados bajo un campo de
escombros entrecruzado por las huellas de los tanques.
En un edificio cercano, medio destruido y quemado, yace cubierto por una
manta de tartán el cuerpo de un hombre arrojado allí por una explosión. En
otro encontramos los restos de Ashraf Abu Hejar, de 23 años, detrás de las
ruinas de una habitación ennegrecida por las llamas, que lo aplastó al recibir
el impacto de un misil. Tiene la cabeza encogida y denegrida. En otro vemos
cinco hombres cubiertos con mantas; llevan varios días muertos.
Un joven callado y de aspecto triste, llamado Kamal Anis, nos sirve de
guía por este lugar arrasado, cubierto por los pedazos de lo que un día fueron
casas, goma-espuma, jirones de ropa, zapatos, latas, juguetes. De pronto se
detiene. "Esto", dice señalando con el dedo, "es una tumba
colectiva."
Nos quedamos parados mirando la montaña de escombros. Nos dice que aquí
vio como los soldados israelíes amontonaron 30 cadáveres detrás de una casa
medio destruida. Una vez apilados los cuerpos, derribaron la casa con la
excavadora para que quedaran enterrados bajo los escombros. A continuación
apisonaron la zona con un tanque. No podíamos ver los cuerpos. Pero los olíamos.
Hace unos pocos días, tal vez no hubiéramos creído lo que nos cuenta
Kamal Anis. Pero las descripciones que habían dado los numerosos refugiados
huidos del campo de Yenín no eran exageraciones (como muchos temíamos y los
israelíes nos querían hacer creer) sino todo lo contrario: aquellas
descripciones se quedaban cortas, y no me habían preparado para lo que vi ayer.
Ahora los creo.
Hasta hace dos semanas había varios centenares de casas pegadas unas a
otras en este barrio llamado Hanat al-Hauashim. Hoy ya no existen.
Alrededor de las ruinas centrales hay muchos cientos de viviendas
parcialmente destruidas. La mayor parte del campo -que albergaba a 15,000
palestinos refugiados de la guerra de 1948- se está derrumbando. Todas las
paredes están quebradas y moteadas con los agujeros de balazos y metralla,
testimonio del terrible poder destructivo de los helicópteros Cobra y Apache
que atacaron este campo.
Un edificio tras otro han sido destrozados, con sus muebles baratos de
madera falsa y sillas de plástico blanco esparcidos por la carretera. Cada dos
edificios se ve la marca enorme y chamuscada del impacto de un misil de helicóptero.
En la noche de ayer había aún muchas familias y niños llorando, viviendo
entre las ruinas, aislados de la ayuda humanitaria. De manera inquietante, no
vimos a ningún herido, aunque nos informaron que un hombre había sido
rescatado de entre las ruinas una hora antes de que llegáramos.
Los que no huyeron del campo o no fueron detenidos por el ejército se
refugiaron en los sótanos, donde soportaron el horror de los bombardeos un día
tras otro. Los soldados entraban en las casas derribando los muros, y forzaban a
algunos a meterse en otras habitaciones. Naciones Unidas indica que la mitad de
los residentes del campo tenía menos de 18 años. Mientras caía sobre estos
mataderos el silencio del fin de la tarde, oímos de pronto las voces de niños
hablando unos con otros. Las mezquitas, antes tan bulliciosas en la hora del
rezo, estaban calladas.
Israel estaba, aún ayer, tratando de ocultar este espectáculo. Durante
casi una semana negó la entrada a las ambulancias de la Cruz Roja, en violación
de la Convención de Ginebra. Ayer seguían todavía intentando mantenernos
fuera del campo.
Yenín, en el extremo norte de la ocupada Cisjordania, seguía siendo
una 'zona militar cerrada', rodeada por tanques Merkava, patrullas de jeeps del
ejército y vehículos acorazados de transporte de personal. El día anterior,
el ejército israelí seleccionó a algunos periodistas y los llevó a visitar
zonas adecentadas del lugar. Nosotros sencillamente fuimos caminando campo a
través, nos escabullimos con disimulo por un pequeño olivar que dos tanques
israelíes no estaban vigilando en ese momento, y entramos en el campo
Nos fuimos guiando por manos que nos hacían señas desde las ventanas.
Gente escondida, hablando en murmullos, nos señalaba el camino por callejones
estrechos, por donde creían que no habría soldados. Cuando había soldados
cerca, alguien levantaba un dedo de aviso, o nos hacía un gesto para que
retrocediéramos. Gentes ansiosas por contar lo que había ocurrido nos daban la
bienvenida. Hablaban de ejecuciones, excavadoras demoliendo casas con la gente
todavía dentro. "Esto es una matanza de Ariel Sharon," dijo Jamel
Saleh, de 43 años. "Nuestro odio por Israel es más fuerte que nunca. Mire
este muchacho". Apoyó la mano en la cabeza despeinada de un niño pequeño,
Mohamed, de ocho años, hijo de un amigo. "Él vio toda esta maldad. Se
acordará de todo." Y todos los demás se acordarán también, todos los
que vieron el horror del campo de refugiados de Yenín. Los palestinos que
entraron ayer en el campo estaban tan atónitos que apenas podían hablar.
Rajib Ahmed, del departamento de Energía de la Autoridad Palestina,
vino a reparar las líneas de suministro eléctrico. Se estremecía de furia.
"Esto es una matanza. Vine aquí para ayudar, pero lo único que he
encontrado ha sido esta devastación. Mire y vea con sus ojos." Todos tenían
el mismo mensaje: "dígaselo al mundo".
Fuente:
The Independent
Traducción: Francisco González para www.zmag.org