Ibn
AI-Jatib
Abu 'Abd Allah Mwhammad ibn Sa'id ibn al-Jatib Lisan
ad-Din as-Salmani.
Político, historiador y poeta.
Nació en Loja, en 1313.
Murió en 1374.
De una familia
originaria de Córdoba, recibiría su primera educación de su padre y otros
eruditos de la época, haciendo el tradicional aprendizaje primario, compuesto
de la enseñanza de las ciencias del Islam, gramática, poesía y ciencias
naturales. Su padre, ‘Abd Allah, se trasladó a Granada, para entrar al
servicio del soberano príncipe de los Banu Ahmar (nasríes), llegando a ser
nombrado superintendente o encargado de los almacenes de víveres. El mismo pasó
sus primeros años en esta ciudad, e hizo sus estudios bajo la dirección de sus más importantes educadores, siendo
discípulo predilecto del célebre médico Yahya ibn Hwdsail, cultivando las
ciencias filosóficas y adquiriendo importantes conocimientos en medicina. Fue
muy aficionado a las letras, siguiendo los cursos de los más destacados
literatos y gramáticos, y desarrollando una excelente poesía y prosa, de
acuerdo con el mejor estilo árabe. Fue desde muy joven cuando manifestó sus
grandes dotes de poeta y epistológrafo, no teniendo en esta última materia
rivales en su momento.
Su padre, que como ya señalábamos, estuvo al serrvicio de los nasríes, perdería la vida a manos de invasores cristianos en el año 1340, invitando el gobernante nasrí a Ibn al-Jatib (que tenía por entonces veintisiete años de edad), para que ocupara el puesto de secretario en el departamento de correspondencia ( diwán al-inshá). Por este tiempo compuso unos versos en honor del soberano reinante. Abu al-Hashshash (Yûsuf I), que circularían por el reino andalusí. Para compensarle, el sultán le tomó a su servicio y le incluyó en el número de los escritores que trabajaban en palacio bajo la dirección de Ibn al-Shayab.
Vengo a Agmât y reverente
Miro
y beso tu sepulcro.
Sultán
magnánimo, faro
Que
dio clara luz al mundo,
En
tus rayos, si vivieras,
Me
bañarla con júbilo. y mis poesías mejores
Fueran
el encomio tuyo;
Ora
postrado de hinojos
Sólo
la tumba saludo.
Egregiamente
descuella
Entre
circunstantes túmulos.
Cual
tú de reyes y vates
Descollabas
entre el vulgo.
Siglos
ya sobre tu muerte
Pasaron
y tu infortunio;
Pero
guardas la corona,
No
te la quita ninguno.
iOh,
Rey de muertos y vivos!
Tu
igual vanamente busco,
Que
no ha nacido tu igual
Ni nacerá en lo futuro.
Ibn al-Shayab,
que sería considerado como el primero de todos los poetas, prosista y filólogos
de AI-Andalus, fue el mejor preceptor de Ibn al-Jatib. En la caída de Mwhammad
III y con el asesinato del poderoso visir Mwhammad ibn al-Hakam, sería escogido
Ibn Jaldun para el puesto de secretario imperial, cargo que desempeñaría hasta
el año 1348, fecha en que Abu al-Hashshash lo elegiría para el cargo de visir
con todos los títulos y privilegios. Con el ejercicio de estas funciones daría
muestras de una gran habilidad, y sus relaciones epistolares y diplomáticas,
respecto a los príncipes vecinos y soberanos de África, le hacen merecedor de
grandes elogios mostrando un talento admirable. El sultán granadino le
favorecería con toda clase de distinciones, autorizándole incluso a designar
los candidatos para los cargos públicos de la administración, a los que
nombraba buscando privilegios para sí mismo. Todo ello haría que Ibn al-Jatib
reuniera una fortuna considerable.
Por el año
1354 Abu al-Hashshash seria asesinado, mientras se encontraba en la mezquita, el
día en que terminaba el ayuno legal, para asistir a la oración, y en el
momento en el que éste se inclinaba haciendo la reverencia, un hombre se
precipitó sobre él y le asestó una fuerte puñalada por la espalda,
falleciendo instantáneamente. Pronto sería proclamado soberano el príncipe
Mwhammad V. Durante este período sería el liberto Ridwan, que ejercía los
cargos de general en jefe y tutor de los jóvenes príncipes de la familia real,
quien realmente gobernara Al-Andalus. Tomó por lugarteniente a Ibn al-Jatib, dándole
una total participación en las tareas de gobierno, gozando la administración
de una gran prosperidad y estabilidad política. Una de las grandes virtudes
como político sería la de poseer unas excelentes cualidades para la
diplomacia: Ibn al-Jatib recibiría la misión de trasladarse a la corte
merinida de Abu Inan, para solicitar el apoyo de este príncipe contra las armas
extranjeras de los castellano-leoneses. Ibn al-Jatíb se presentó en dicha
audiencia regia, adelantándose a los visires y jurisconsultos que formaban
parte de la embajada, y dirigiéndose al propio Abu Inan solicitaría permiso
para recitar, de forma literaria, su misión, antes de entrar a parlamentar. El
príncipe accedió a ello, y el embajador, puesto en pie, comenzó de esta
forma:
jCalifa de Dios! ojalá el
destino aumente tu gloria todo el tiempo que brille la luna en la oscuridad!
Ojalá la mano de la Providencia
aleje de ti los peligros que no podrían ser rechazados por la fuerza de los
hombres.
En nuestras aflicciones tu
aspecto es para nosotros la luna que disipa las tinieblas, y, en las épocas de
escasez, tu mano reemplaza a la lluvia y esparce la abundancia.
Sin tu auxilio, el pueblo andaluz
no habría conservado ni habitación ni territorio.
En una palabra, este país no
siente sino una necesidad: la protección de tu majestad.
Aquellas que han experimentado
tus favores, jamás han sido ingratos; nunca han desconocido tus beneficios.
Ahora, cuando temen por su
existencia, me han enviado a ti y esperan.
El sultán
meriní encontró muy hermosas estas palabras, respondiéndole al embajador: “No
regresarás a tu nación ya tus compatriotas sin que tus deseos sean
satisfechos; te doy permiso para sentarte”. A continuación colmaría
de mercedes e infinidad de regalos a los miembros de la embajada y, antes de
despedirlos, les concedió cuanto solicitaron. Uno de los antiguos profesores de
Ibn Jaldun (narrador de la biografía de Ibn al-Jatib), el cadi kserife Abu al-Kasim,
que formó parte de esta comisión, le señaló a aquél, al hablar de tal
audiencia, lo siguiente: Es la primera vez que se ha visto que un embajador
consiga el objeto de su misión, antes de haber saludado al sultán, a cuya
corte había sido enviado.
No tardó en
ganar el título político de doble visir (Dzú al-wizdratayn), que
tradicionalmente se concedía a los visires con poderes ejecutivos. Su
influencia en la corte y su riqueza provocarían la envidia de los cortesanos, y
uno de sus discípulos, el poeta Ibn Zamrak, de la escuela maliquí, conspiraría
contra Ibn al-Jatib , acusándole de deslealtad al Islam, debido a los
postulados sufistas que éste profesaba. Fue exiliado a Fez, de donde no tardaría
en volver a su puesto. Otro de los sucesos más destocados de su vida sería la
experiencia que vivió en África, con motivo de acompañar a Ibn al-Ahmad o
Mwhammad V, en su exilio a la corte del califa merinida Abu Salem, quien los
recibió con un magnífico cortejo y con gran dignidad: hizo subir a un trono,
colocado frente al suyo, al exiliado monarca nasrita, recitando a continuación
Ibn al-Jatib un poema en el cual suplicaba a este monarca que le prestase
auxilio. El sultán de Ifriquiyya prometió sostener a su huésped y, mientras
llegaba el momento de su restauración en el trono andalusí, le colmó de
honores, instalándolo en un espléndido palacio, proveyendo de igual forma las
necesidades de todos cuantos formaban el séquito del monarca andalusí.
El ex-visir Ibn al-Jatib llevaría durante algún tiempo una vida muy agradable, gozando de los favores y la atención que le otorgara el sultán merinida. Solicitó asimismo recorrer las ciudades y comarcas de Ifriquiyya, para conocer y visitar los monumentos y recoger la historia de sus antiguas formaciones sociales. Obtuvo el permiso consiguiente, llevando consigo cartas recomendatorias en las que se invitaba a los administradores y gobernadores a facilitarle medios y obsequiarle con regalos, reuniendo Ibn al-Jatib una gran fortuna. Igualmente, y por recomendación del sultán merinida, le fueron devueltas las posesiones que éste tenía en la campiña de Córdoba.
Mientras el monarca andaluz destronado permaneció en Africa, Ibn al-Jatib estuvo separado de él, residiendo en la ciudad de Sale, hasta el año 1362, en que Mwhammad V recuperaría nuevamente el trono. Envió a buscar a su familia, que había dejado en Fez, haciéndole el encargo a 100 al-Jatib para que les acompañara y protegiera hasta Andalucía. A su llegada a Granada, fue muy bien acogido por el monarca y restablecido en el puesto que anteriormente había ocupado.
El príncipe
merinida ‘Utman ibn Yahya ibn 'Umar, al servicio de los reyes de
Granada, fue uno de los personajes que más trabajó por el regreso a Andalucía
de Mwhammad V y, una vez conseguido, se vio beneficiado de la confianza del príncipe,
actuando como auténtico gobernador de esta parte de Andalucía. Pues bien, Ibn
al-Jatib sintió indignación por la confianza que le otorgaba el príncipe.
Mostrándose temeroso de los peligros que a su juicio envolvía la presencia de
estos príncipes merinidas, logró que el sultán andaluz participase también
de estos temores, y resolviera tomar medidas de precaución. En el Ramadán del
764 (años de 1363), 'Utman y su familia fueron encarcelados y poco después
expulsados del país.
Ibn al-Jatib
quedaría como gobernante y administrador único de aquel reino andaluz,
obteniendo plena confianza del sultán granadino para las tareas de gobierno.
Todo ello provocaría que los familiares del príncipe y otros cortesanos
comenzaran a levantar contra él too género de intrigas y calumnias,
fundamentalmente referidas a su concepción materialista de la vida, que
confesaba en su ideología sufí. En un principio, el sultán andaluz no prestó
oídos a estas insinuaciones; no obstante, Ibn al-Jatib, advertido de estas
conspiraciones que se urdían contra él, llegaría a concebir la idea de
abandonar la corte andalusí, en busca de seguridad.
El sultán
merinida 'Abd al-'Aziz, que gobernaba por entonces en Ifriquiyya, le era deudor
de un importante servicio: el haber encarcelado a uno de los príncipes que había
iniciado una revuelta en el Magreb en contra de su gobierno. Como señalamos,
Ibn al-Jatib encarceló a este príncipe, con lo cual obtuvo toda clase de
favores del sultán merinida, ofreciéndosele incluso un importante puesto en la
corte de Fez.
Entre tanto,
Ibn al-Jatib era presa de las mayores inquietudes, debido a las noticias que le
llegaban sobre las malas artes de los cortesanos y sus continuas intrigas para
indisponerle con el soberano andaluz. Le pareció notar que el sultán había
comenzado a darles un cierto crédito, e incluso notó una cierta indisposición
con respecto a él, decidiendo resueltamente abandonar la cor- te granadina y
pasar al África. Hizo, pues, que se le diera la misión de inspeccionar las
fortalezas que cubrían la parte occidental del reino andaluz de Granada, y
partiendo a la cabeza de un escuadrón de caballería, que tenía a su servicio,
se encaminó a su destino acompañado de su hijo. ‘Ali, que era afecto al sultán.
Cerca de Gibraltar envió unos regalos al gobernador de la plaza para
comunicarle su presencia. Este oficial, que había recibido ya instrucciones del
sultán .Abd al-'Aziz, saldría al encuentro de tan ilustre visitante, facilitándole
la marcha a Ceuta en una embarcación alistada m el acto. Una vez llegado a
Ceuta, Ibn al-Jatib recibiría de los administradores de esta fortaleza todos
los honores de rigor, viéndose colmado de atenciones. Acto seguido, tomaría el
camino de Tremecén, para ir al encuentro del sultán merinida en esta población
(1371/2). A su llegada, fue recibido a caballo por los principales oficiales y
representantes de la corte; el mismo sultán le acogería con la mayor
celebridad, velando por su seguridad y bienestar v dándole el mismo trato que a
los miembros de la familia real. Apenas se hubieron cruzado los primeros
saludos, enviaría el sultán a uno de sus secretarios para que lograra del
soberano andaluz la autorización para el traslado de la familia de Ibn al-Jatib,
cosa que así se hizo.
A partir de
este momento. la corte de Granada comenzó a hervir en contra del antiguo visir,
publicando en todos los tonos hasta los menores deslices en que había incurrido
durante el período de su gobierno, siendo considerado a todos los efectos como
fugitivo. Estas intrigas hicieron mella en el ánimo del monarca andaluz, que
daría crédito a las acusaciones que sobre algunos de sus discursos se hacían,
resaltando de ellos su carácter materialista y sufista. El soberano de Granada
encomendó a uno de los cadíes esta causa, llegando a declarar por un acto
formal, jurídico, que aquellos escritos eran propios de un no musulmán. El
sultán granadino resolvió sentencia contra su antiguo ministro y encargó al
propio cadi que se trasladara a la corte del sultán .Abd al-'Aziz y exigiera el
castigo para el refugiado. El monarca del Magreb, aunque partidario de la
contrarreforma islámica, gozaba de gran amistad con Ibn al-Jatib y no podía
desatender los derechos de hospitalidad que anteriormente le había brindado,
respondiéndole al cadi con estas palabras: Puesto que conocíais esos crímenes,
¿por qué no los castigasteis cuando se hallaba entre vosotros? En cuanto a mí,
declaro que mientras esté bajo mi protección, nadie le molestará con motivo
de este asunto.
No sólo colmó
a Ibn al-Jatib de mercedes y atenciones, sino a sus hijos y también a los
andaluces que le habían acompañado en su viaje a Africa.
En el año
1372, muerto' Abd al-'Aziz, los meriníes dejarían la ciudad de Tremecén,
regresando al Magreb. cosa que también haría Ibn al-Jatib, enrolado en la
corte de Abú Bakr ibn Gazi, regente en la administración. Cuando llegó a Fez.
compró allí numerosas tierras y construyó excelentes casas, con hermosos
jardines.
Ibn Jaldún,
en otra parte de su obra, refiere de esta forma la muerte de nuestro importante
político y literato: "A principios del año 776
( J 374) el sultán Abu-l-Abbás llegó a apoderarse de la Villa-Nueva, capital
del imperio, y se dejó gobernar por su visir, Mwhammad ben 'Utmán, que tenía
por lugarteniente a Sulaymán b. Dawud. Proclamado sultán en Tánger, se había
comprometido con Ibn al-Ahmad (Mwhammad V) a entregar a Ibn al-Jatib, ministro
tránsfuga que había excitado a 'Abd al-'Aziz a intentar la conquista de
Andalucía".
Después de
haber abandonado la ciudad de Tánger, el sultán Abú-I-Abbas tuvo un encuentro
con las tropas de Abú Bakr ben Ghazi bajo los muros de la Villa-Nueva, tras de
cuyas murallas se habían refugiado, viéndose obligadas a sostener un sitio.
Ibn al-Jatib comprendió entonces el peligro que le amenazaba y se encerró en
la ciudad con el visir. El sultán, habiéndose posesionado de la plaza, dejó
tranquilo a Ibn al-Jatib por algunos días; mas luego mandó arrestarle por
consejos de Sulayman ben Dawud. Este ministro profesaba a Ibn al-Jatib un odio
mortal: cuando Ibn al-Ahmad (Mwhammad V) estuvo refugiado en África, había
conseguido de él la promesa formal de que, una vez restablecido en el trono,
nombraría a Sulayman comandante de «los voluntarios del Islam». Sentando
nuevamente m su trono este Ibn al-Ahmad. Sulayman solicitó de él cumplimiento
de lo ofrecido; pero Ibn al-Jatib se opuso a ello, razón por la cual Sulayman
regresó a África abrigando contra Ibn al- Jatib un odio secreto que
suspiraba continuamente por la revancha.
Cuando el sultán
de Granada tuvo noticia de que había sido arrestado Ibn al-Jatfb, envió una
comisión presidida por Abu 'Abd Alltih b. Zamrak, que le había sucedido en el
cargo, el sultán de Marruecos mandó que Ibn al-Jarib compareciera ante una
comisión compuesta de altos dignatarios y consejeros de Estado. Acusado de
haber insertado en sus escritos algunas proposiciones malsonantes, fue
encarcelado después de haber sido sometido a la tortura. El Jurado deliberó
luego si procedía además imponer la pena capital por las dichas proposiciones.
Algunos jurisconsultos votaron por la muerte, dando así ocasión a Sulayman de
saciar su sed de venganza. Por órdenes secretas de éste, algunos miserables
que tenía a su servicio reunieron por la noche una gavilla de gente asalariada,
a la cual se unieron los enviados andaluces, forzaron las puertas de la prisión
y estrangularon a Ibn al-Jatfb. Al día siguiente se le enterró en el
cementerio de la Puerta de Mahruk, y al otro día se descubrió que el cadáver
había sido sacado de su tumba para hacerle desaparecer por el fuego: “hallábase
extendido al borde de la fosa, con los cabellos consumidos y la cara ennegrecida
por la acción del fuego”.
Se
le enterró nuevamente, y así terminaron las desdichas de lbn al-Jatib. El
pueblo se indignó por tal infamia, y no vaciló en atribuir esta escandalosa
profanación a Sulayman ben Dawúd, a sus criados y demás dependientes de su
administración.
Durante los días
de su prisión, el desventurado lbn al-Jatib se preparaba a bien morir; aún
tuvo el valor suficiente para coordinar sus ideas y componer muchas elegías
sobre el triste fin que le esperaba. En una de estas composiciones se expresa así:
¡Aunque estemos cerca de la
parada terrestre, nos hallamos ahora alejados de
ella! Habiendo llegado al lugar de la cita /sepulcro/, guardamos silencio /para
siempre/.
Nuestros suspiros se han detenido
repentinamente, bien así como se detiene la recitación de la oración cuando
se ha pronunciado el Konut.
Aunque éramos antes poderosos,
ya no somos más que osamentas; en otro tiempo dábamos festines, hoy somos el
festín /de los gusanos/ .
Éramos el sol de la gloria; pero
ahora este sol ha desaparecido, y todo el horizonte se conduele de nosotros.
iCuántas veces la lanza ha
derribado al que lleva la espada! iCuántas veces la desgracia ha abatido al
hombre feliz!
iCuántas veces se ha enterrado
en un miserable harapo al hombre cuyas vestiduras llenaban numerosos cofres!
Di a mis amigos: ¡ibn al-Jatib
ha partido! ¡Ya no existe! ¿ y quién
es el que no ha de morir?
Di a los que se regocijan de ellos: ¡Alegraos si sois inmortales!
Tan trágico
fin tuvo Ibn al-Jatib, cuya privilegiada naturaleza, y su incansable actividad
se entreveró de forma solicitada por dos fuerzas distintas que tiraban
de él a la par, los ideales políticos y las luchas despiadadas y muchas veces
cruentas de la época, y los dulces goces en el cultivo de las letras. Tal era
Ibn al-Jatib, cuya memoria debe conservar Granada y Andalucía con auténtica
veneración.
Las
producciones históricas de Ibn al-Jatib, así como sus ensayos filosóficos,
poesías y demás obras literarias son numerosas.
Entre todas
ellas sobresale por su importancia la titulada El círculo, que versa
sobre la historia de Granada. La obra fue escrita en el año 1369, de la cual
Gallagos tiene un códice que debió escribirse en el año 1489. También se
conserva un compendio de la Ihata, realizado en el año 1319 por el
egipcio Mwhammad Badr al-Din Bistaki, muerto en el año 1429, y que la escribió
con el título Markaz al-ihata bi-udaba Garnata (El centro del círculo
acerca de los literatos de Granada). Es una obra en ocho volúmenes, de la que
existen redacciones muy breves -quizás realizadas por el mismo autor-. Se
presenta como un diccionario de biografías de personajes de Granada, o que
simplemente pasaron por dicha ciudad. Dispuesta siguiendo el orden alfabético
de los nombres, y dentro de cada nombre aparecen los personajes citados por
categorías sociales: primero, los reyes y emires; a continuación, los
magnates; y finalmente, aquellas personas que descollaron en algún campo
determinado: cadíes, jurisconsultos, tradicionistas, poetas, etcétera, dano
incluso muestras de sus poesías. Todo ello está compuesto con un estilo muy
florido y ampuloso, propio del carácter y profesión que ostentaba Ibn al-Jatib,
alabando sobremanera a su patria andaluza, de la cual estaba muy orgulloso. En
la redacción del diccionario puso a contribución toda clase de fuentes, m número
muy elevado, entre las que, por señalar alguna, citaremos la siguiente: /Bayán
al-mugrib, Muktabis, Mugrib/.
Otra de sus
obras sería El libro del complemento que, como señala su título, sirve
de complemento a la obra anterior, y que se encuentra en la biblioteca de El
Escorial, con el número 1.674.
Otro de sus
escritos sería el conocido por Las vestiduras bordadas, que se trata de
una obra que compila la historia de los califas de Oriente y otras noticias de
la historia de AI-Andalus y de África. Existen dos ejemplares de esta misma
obra en El Escorial con los números 1.771 y 1.772 (v. Casiri, tomo II, p. 177)
.
Esplendor del
plenilunio, trabajo histórico de Ibn al-Jatib
que trata de la dinastía nasrí (nazerita o nasrita), texto que también se
encuentra en la biblioteca de El Escorial, con el número 1.771 bis. La obra está
dividida en cinco partes: la primera contiene una descripción de la capital del
reino granadino; la segunda trata de su provincia y principales comarcas; versa
la tercera sobre los gobernadores v príncipes que la rigieron; en la cuarta
expone las cualidades y costumbres de sus habitantes; y la quinta estudia la
sucesión de los reyes nasríes y cuanto en ellos encuentra digno de mención.
Yerba olorosa
de los cátibes o secretarios y apacentamiento
de las cosas que acontecieron, que se encuentra en El Escoríal, con el número
304 bis. Estos escritos fueron realizados precisamente para ayudar a los
funcionarios y, en especial a los secretarios (cátibes), formando esta obra,
que constituye un manual epistolar, un conjunto de modelo de cartas del que
pueden valerse los secretarios a la hora de redactar escritos oficiales. En
realidad, lo que hizo Ibn al-Jatib no fue sino reunir un conjunto de cartas que
él mismo había escrito por el año 1368, y distribuirlas con cierto orden y
clasificación en diez capítulos: primero, modelo de cartas ron elogios o
exordios debidos; segundo, epístolas amistosas a recién casados o a príncipes;
tres, cartas para celebrar victorias o bien el feliz regreso de algún amo o señor;
cuarto, peticiones de auxilio contra enemigos; cinco y seis, para agradecer
obsequios y fortalecer la amistad; siete, ocho y nueve, que se refieren a cartas
de consuelo, de súplica y de acción de gracia por favores recibidos; y,
finalmente, el diez, que contiene modelos de epístolas para conseguir que las
amistades sean más estables y duraderas. Todas las cartas gozan de un estilo
ampuloso y rítmico y muchas de ellas figuran en la segunda parte de las Analectas
de Al-Makkari.
Evacuación de
la alforja sobre lo agradable del viaje o
emigración a país extranjero, en cuatro tomos, refiriéndose a
numerosas ciudades de las que da noticias, mencionando igualmente a sus sabios,
bibliófilos y bibliotecas. Esta obra se encuentra en EI Escorial con el número
1.150.
Viaje a África
y su regreso a Andalucía. Es una
disertación histórica en la que el autor refiere las peripecias de sus viajes
y las felicitaciones que recibió por esta empresa. De igual forma señala la
magnificencia de las ciudades andaluzas en relación con lo conocido en África,
así como del carácter extraordinario de las instituciones nacionales andaluzas
y de lo visto en el Magreb.
Excelencias de
Málaga y Salé. Con este parangón Ibn al-Jatib
quiere demostrar las excelencias de AI-Andalus, incluso desde el siglo XIV,
marcado ya por la decadencia y por una persistente dominación de los reinos
extranjeros peninsulares, y de las corrientes ideológicas e invasoras
africanas. Igualmente, señala la enemistad pertinaz que en aquel período existía
entre los andaluces y los beréberes, mostrando nuestro autor un auténtico
sentimiento antibereber. Ello es explicable debido al carácter
contra-reformador que dominaba en Berbería, a la actitud estrecha y dogmática
de sus escuelas islámicas, y al gusto por los proyectos imperiales que marcan
este período. Ibn al-Jatib aparece en esta obra marcado por un fuerte
nacionalismo andaluz, juzgando de una forma crítica tanto a los líderes
musulmanes africanos como a los cristianos peninsulares. A su juicio, los mulúk
al-tawá'if (reyes de taifas) andaluces fueron gatos haciéndose pasar por
leones, que llevarían nuestra formación nacional andaluza a la mayor de las
ruinas; respecto a los líderes crístianos dice, refiriéndose al Cid, que
fue enemigo de Dios, que no evitó la matanza de niños y mujeres tras la
conquista de Valencia, y lo mismo fue el maldito tirano extranjero, Alfonso VI.
En este opúsculo, de gran valor
por sus datos geográficos e históricos, Ibn al-Jatib enfrenta y compara dos
ciudades: la andaluza Málaga y la magrebí Salé, y aunque él mismo señala
desde el principio que no existe punto de comparación, ni posibilidades de
parangón entre ambas ciudades, como tampoco lo existe entre Andalucía y Berbería,
sin embargo establece varios puntos, a través de los cuales poder constatar la
magnificencia de Málaga y de la nación andaluza. Enaltece de Málaga la
inexpugnabilidad de sus murallas, la industria que en ella florece, la
fertilidad del suelo, la fama de que goza, la prosperidad de la ciudad; ensalza
a la población malagueña, su vida económica, el esplendor que alcanzó su
gente, así como sus edificios más señalados y sus hijos más ilustres; todo
ello para acabar proclamando que Málaga lleva ventaja por su hermosura y
perfección, por la belleza de su aspecto y el acopio de riquezas, por sus trémulas
umbrías y sus hijos ilustres y, en definitiva, por la exquisitez de sus gentes,
industrias y labores