EL MUÑECO DE LOS VENTRÍLOCUOS

Abu Bakr Gallego

 

Cuadernos Damascenos

Edición a cargo de Nayat Roszko

 

¡Oh hombres! Os hemos creado a partir de un varón y de una hembra y os hemos hecho pueblos y tribus para que os conocierais unos a otros.

Qur’an 49:13

  

Porque toda mesa está llena de vómito y suciedad, hasta no haber lugar limpio.

¿A quién se enseñará ciencia, o a quién se hará entender doctrina?

¿A los destetados? ¿A los arrancados de los pechos?

Isaías 28:9


 

 Contacto para la petición de ejemplares: mgo1712@yahoo.es

 

TEXTOS PARA UNA MADRASA HISTORIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

GRITA EL VENTRÍLOCUO: “¡ESTE ES MI MUNDO!”

En la primera década del siglo XXI nos habíamos acostumbrado a escuchar en los medios de comunicación el término “eje del mal”. Se trataba, probablemente, de un eje imaginario que entrelazaba a varios países soberanos cuyos gobiernos eran internacionalmente reconocidos; con los que había intercambios económicos, culturales, políticos… incluso se hablaba de alguno de ellos como de un fiel aliado de Occidente. Pero una mañana otoñal se desplomaron dos torres gemelas en Nueva York, aparentemente a causa de un ataque suicida planeado y ejecutado por una vigorosa organización cuyos miembros, desparramados por todo el planeta, podían llevar a cabo las operaciones más arriesgadas, utilizando la más alta tecnología. El montaje fue preparado con tanta desgana que ya a las pocas semanas del trágico derrumbe nadie se creía la historia oficial, a excepción de la mayoría de los musulmanes sunníes, que aún hoy siguen convencidos de que el infortunado suceso se debió a la intrépida maniobra de sus hermanos correligionarios investidos de un cierto toque terrorista. Unos se sintieron orgullosos de que hubiesen sido los musulmanes los que hubieran asestado tan doloroso golpe al corazón de Occidente; y otros, quizás la mayoría, se alinearon con el FBI y la CIA para dejar claro de esta forma que Islam es paz, sumisión, y que esos grupos incontrolados debían ser puestos en cuarentena; y a todos les pareció que Guantánamo era una buena opción. Pero lo cierto es que un mes después del atentado un grupo de especialistas y de científicos norteamericanos presentaban públicamente un CD en el que a través de filmaciones, análisis, entrevistas y testimonios se mostraba claramente que el gobierno americano, sirviéndose de ciertos elementos internos y externos, se había auto-atentado, produciendo un escenario apocalíptico con el que exigir un cheque en blanco al mundo entero.

Las cosas habían llegado demasiado lejos y había que organizar un nuevo orden mundial en el que apareciesen dos Islam –uno aceptable para Occidente, colaborador y amante de sus valores; siempre con un portavoz en los diálogos inter-religiosos apoyando las resoluciones finales que reforzasen la hermandad islámico-judeo-cristiana alrededor de un mismo dios al que no se podía llamar Allah para no herir susceptibilidades. Mientras los judíos masacraban a los musulmanes palestinos y los ejércitos cristianos invadían medio Oriente Medio, los musulmanes no paraban de aplaudir y de pronunciar panegíricos a sus correligionarios monoteístas. Para entonces los lobbies judíos ya habían acuñado el término “sionismo”-una especie de saco roto en el que echaban sus desmanes, pues también en el judaísmo había quienes se excedían y se olvidaban de que ante todo Dios es amor. Al comienzo de las sesiones los obispos cristianos se santiguaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; los 'ulamah sunníes decían que en el Nombre de Allah; y los judíos recordaban alguna frase del Talmud, sugerente y esotérica, con la que comenzar sus disertaciones. Frente a este Islam se erigía otro -amenazador, radical y terrorista, inadmisible para Occidente, que pasaría a ser el Islam falso, encubridor del mensaje profético que ante todo estratificaba la revelación divina en base a un orden cronológico incuestionable: Judaísmo-Cristianismo… e Islam.

El concepto de terrorismo islámico iba a sufrir consecuentemente alguna que otra matización, de forma que si en un principio los terroristas eran aquellos que utilizaban las armas para apoyar sus argumentos, más tarde recibirían esta misma denominación aquellos que negasen la validez de sus dos hermanas mayores. A la tuerca terrorista seguían dándole vueltas y ahora resultaban ser sospechosos de terrorismo los que mostraban reticencias a la hora de asistir a los diálogos inter-religiosos, los que se dejaban crecer la barba, los que desdeñaban las modas y, sobre todo, los que no participaban en los “eventos” culturales más destacados.

Audacia, siempre audacia -máxima preferida de los judíos, que más tarde adoptarían las logias masonas para continuar el trabajo de los “arquitectos”. Algo parecido había hecho Nerón con los cristianos.

¿Quién habría osado acusar al emperador de haber incendiado la capital de su imperio, el símbolo del poder romano? La audacia, también en este caso, fue tan audaz que unos y otros decidieron seguirle la corriente al monarca, pagándolo con sus vidas los cristianos, declarados radicales y terroristas por los servicios secretos del emperador.

Todo ello nos hace ver que en torno a ese eje del mal no han dejado de girar países, pueblos, individuos, teorías, religiones, lenguas… que en su momento supusieron una clara confrontación con los audaces poderes investidos de legitimidad divina. Durante años Saddam Hussein era presentado ante los medios de comunicación occidentales como un aliado, como un instrumento de justicia y de civilización. Ahí están sus fotos en las que estrecha la mano de Rumsfeld, y ahí están los noticieros alabando el coraje de los soldados iraquís en su intento de tomar parte del territorio iraní en torno al Golfo Pérsico… hasta que fue ahorcado ante las cámaras de televisión de medio mundo. Resultó que Iraq formaba parte del eje del mal, poseía armas de destrucción masiva y los servicios de inteligencia occidentales disponían de evidencia suficiente para concluir que su objetivo eran las capitales europeas. Todo el mundo veía asombrado cómo ese absurdo argumento podía ser esgrimido sin el menor reparo por los líderes occidentales, supuestamente mejor informados que nosotros y con mayor capacidad analítica.

Estaba claro que Iraq, que sufría un boicot de años, no tenía armas de destrucción masiva, y ni siquiera contaba con un ejército convencional; pero se trataba, en definitiva, de acabar con el mal. Lo mismo ocurrió con Afganistán, y lo mismo querían que ocurriese con el resto de Oriente Medio. Pero resultó ser Oriente y Medio, y tuvieron que conformarse con unas guerras en las que perdieron miles de soldados y de las que no obtuvieron sino un devastador desprestigio internacional. De nuevo, fueron los musulmanes sunníes los que consolaron a América y a sus aliados europeos pagando los gastos de estas guerras, sosteniendo sus monedas y estrechando los lazos de amistad y colaboración.

Por otra parte, parece obvio que si existe un eje del mal, debería existir un eje del bien. Según la ecuación de los ventrílocuos que hablan por Occidente y mueven sus bracitos, este eje del bien, luminoso y resplandeciente como una estrella fugaz, atravesaría la tierra uniendo América con Europa y creando una fuerza centrípeta que atraería a Japón, Australia, Canadá y los países árabes del Golfo -un ciclón que iría engullendo a gran parte de África, de América del Sur y de Asia.

Parecía que el nuevo orden mundial iba a ser definitivo y planetario. Para ello se preparó, con más ganas y profesionalidad que en el caso de las torres gemelas, la primavera árabe -trágico y sangriento eufemismo de un bien orquestado todos-contra-todos.

Esta vez no hicieron falta ejércitos extranjeros. Los ventrílocuos veían con agrado cómo el escenario de las cruzadas volvía a repetirse mil años más tarde -musulmanes contra musulmanes; árabes contra árabes. Sin embargo, la ecuación volvía a dar resultado erróneo, y Siria e Irán impedían que ese eje “del bien” atravesase sus territorios; y para colmo de ejes del mal Iraq se alineaba con sus dos vecinos. Por su parte, Rusia y China adquirían una nueva identidad al oponerse a Occidente, apoyando a Siria con su veto y con sus armas.

Definitivamente, la ecuación se había descompensado más de la cuenta. El eje “del bien” decide batirse en retirada y planear otro orden mundial, otra primavera, otra guerra… algo que les haga recobrar de nuevo el protagonismo.

A nosotros nos parece bien esa visión dualista de dos ejes imaginarios y enfrentados, representantes del bien y del mal. Quizá no sea una visión muy original, pues trae reminiscencias del maniqueísmo, pero es, en definitiva, la forma más clara y acertada de presentar la realidad. El dilema que ahora se plantea es saber si ese eje del bien y ese eje del mal que nos han presentado los ventrílocuos, los controladores de Occidente, corresponde con el bien y el mal definido por el Creador del Universo, la única Entidad no aprisionada en el subjetivismo humano.

Al hacernos la pregunta acerca de si Occidente puede representar el eje del bien, nos asaltan imágenes inquietantes, datos sobrecogedores, cifras alarmantes. No podemos evitar que desde lo más hondo de nuestro interior surja una voz sofocada por el llanto, por la rabia y por la ira que va desgranando, uno a uno, los desmanes que estos ventrílocuos, que estos lobbies judíos, han perpetrado valiéndose de los bracitos sin vida de sus muñecos occidentales.

Pregunta aterrada nuestra voz: ¿puede Occidente representar el bien después de haber exterminado a cientos de pueblos de América; después de haber borrado las huellas de su conocimiento, de sus culturas, de su arte; después de haberles impuesto sus lenguas; después de haber esclavizado a millones de africanos por el mero hecho de ser negros y haberlos enviado al nuevo mundo para trabajar y morir en sus plantaciones; después de haber organizado dos guerras mundiales, en las que perdieron la vida más de 100 millones de seres humanos; después de haber arrojado un arma de destrucción masiva que segó la vida de 300 mil personas en escasos minutos; después de haber aniquilado a los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda, arrebatándoles, como en América, sus tierras, su pasado, su historia y sus creencias; después de haber asolado Vietnam, Laos, Camboya y después de haber arrasado sus campos de cultivo; después de haber quemado en hogueras a sus mejores hombres solamente por decir “la tierra se mueve” o “Dios es uno”; después de haber mancillado a la naturaleza envenenando sus aguas, contaminado su aire, exterminando cientos de especies y llenando los fondos marinos de bidones con material radioactivo? Responden gritando los ventrílocuos: ¡Este es nuestro mundo! ¡No tenemos otro juez que nuestro deseo!

No habrá otra solución que diseñar un nuevo patrón interpretativo y superponerlo sobre la historia para ver quién ha otorgado a Occidente el derecho a establecer el eje del bien y el eje del mal; quién ha investido a Occidente con la prerrogativa de juzgar a las naciones del mundo. Habrá que desenmascarar a esos ventrílocuos y arrebatarles su muñeco para que pueda éste vivir por sí mismo y buscar su destino en la armonía y la fraternidad con el resto del mundo.